miércoles, 5 de noviembre de 2014

Estaciones


Pasó el día en que perdés tu belleza dura y cruel.

Perdés el abrazo intenso en medio del gélido planeta que te rodea.

Día en que vas descamando tus capas, tus brazos se invaden de manchas, capullos, pequeños Proyectos de color, olor y sabor.

El frío arranca la gruesa capa con la que te proteges, cuidas tu debilidad, cuidas tus bondades; tus pardas manos se vuelven toscas y ásperas, se desgarra su sostén, y caen, al vacío, doradas y muertas. Es el ciclo de su existencia. Tu rojiza piel se transforma, metamorfosea hacia la belleza de reflejar el sol eternamente en el horizonte. Y luego mueres.

El término imperioso al que te resistís. Con violencia te imponés. Pero el dolor del invierno es más impenetrable. Obstinado, él fractura lo que alguna vez  fue cálida presencia.

Morís y renacés.

Nueva vida. Veo tu esfuerzo lento y trabajoso por romper con el gris que ha dado tu golpe de muerte. Allí veo tu suerte. Tu afán, tu empeño y tu vida.

Empujas, quebrás y destruís lo que ya no vive. Das lugar a un nuevo amanecer.

Te desplegás majestuosa, desperezas tus brazos inmensos, soberano sol. Y quebrás la monotonía de cemento. Y ya no llorás. Invadís con tu aroma y tu color jacarandá.

Ciudad lila, violacia, celeste cielo y perfumada.


El cielo en la vereda
dibujando está
con espuma y papel de seda
del jacarandá.