Pasó
el día en que perdés tu belleza dura y cruel.
Perdés
el abrazo intenso en medio del gélido planeta que te rodea.
Día
en que vas descamando tus capas, tus brazos se invaden de manchas, capullos,
pequeños Proyectos de color, olor y sabor.
El
frío arranca la gruesa capa con la que te proteges, cuidas tu debilidad, cuidas
tus bondades; tus pardas manos se vuelven toscas y ásperas, se desgarra su
sostén, y caen, al vacío, doradas y muertas. Es el ciclo de su existencia. Tu
rojiza piel se transforma, metamorfosea hacia la belleza de reflejar el sol
eternamente en el horizonte. Y luego mueres.
El
término imperioso al que te resistís. Con violencia te imponés. Pero el dolor
del invierno es más impenetrable. Obstinado, él fractura lo que alguna vez fue cálida presencia.
Morís
y renacés.
Nueva
vida. Veo tu esfuerzo lento y trabajoso por romper con el gris que ha dado tu
golpe de muerte. Allí veo tu suerte. Tu afán, tu empeño y tu vida.
Empujas,
quebrás y destruís lo que ya no vive. Das lugar a un nuevo amanecer.
Te
desplegás majestuosa, desperezas tus brazos inmensos, soberano sol. Y quebrás
la monotonía de cemento. Y ya no llorás. Invadís con tu aroma y tu color
jacarandá.
Ciudad
lila, violacia, celeste cielo y perfumada.
El
cielo en la vereda
dibujando
está
con
espuma y papel de seda
del
jacarandá.