El reborde de tu identidad es a veces claro y a veces
confuso y doloroso.
A veces vívido y a veces tan oscuro y retorcido que no
sabemos si…sos.
Emergés majestuosa, excéntrica, única ¡claro! Toda salvaje
esperando que te conquisten, que se enamoren de tu fauna, que tus perfumes los
encanten, que ese silencio provocador de sonrisas que te penetra de noche, los
tome por sorpresa y no los deje ir. Y abandonarte.
Visitantes inquietos. Pasajeros arribando sobre tu
geografía, llenos de esperanza. Ponen todo de si. Te transforman, te retocan,
sos parte de ellos y ellos de vos.
El cielo contempla horas de domesticación.
Noches de visitantes festivos y alegres enamorados de tu insania
y de tu verdosa complexión.
Pero la oscuridad es parte de tu interior.
Todo muta, hasta que deja de mutar. Todo se mueve hasta que
el miedo lo paraliza. Hasta que tu esencia rabiosa se esfuerza pero ya no puede
crecer ¡torpe sos! Domesticada eras.
Sabés lo dócil que tu virtuosidad puede ser pero no querés
que construyan un puente al firmamento. Te cuesta. Te duele la naturaleza
tempestuosa y tu carácter no entiende de moralejas.
El visitante…Ellos, se hastían. Es que no das tregua.
Tejerte un camino que te conecte firme y segura es un plan
que vos misma saboteás.
La visita entonces, es tan pasajera, tan fugaz.
Visita turista. Transformó, enamoró, cuidó y exigió. Porque
le correspondía exigir. Pero tu rebeldía infundada no la dejó transformarse en
habitante.
Visita turista pasajera dolida.
Se fue.
El reborde de tu identidad es a veces claro. Encantador.
Tu modo, es isla.
Soledad isla no se anclan en tu geografía. Los obligas a
sólo pasear.
Persona paraíso. Persona de paso.
Isla.