martes, 16 de mayo de 2017

Ruinas circulares



Comprendió que el empeño de modelar la materia incoherente y vertiginosa de que se componen los sueños es el más arduo que puede acometer un varón, aunque penetre todos los enigmas del orden superior y del inferior: mucho más arduo que tejer una cuerda de arena o que amonedar el viento sin cara. Comprendió que un fracaso inicial era inevitable.

 

 

Iba redundancia ambulante. Rodando en su doble rodado de metal. Iba girando recorriendo su redondo camino. Rodaba su rutina sabatina.

Rodaba porque le gustaban las cosas de principio y fin. Cerradas. Sin fisuras ni comisuras. Compactas.

Compacta era su existencia racional. Y ahí pedaleaba feliz, con esa dicha, medio exabrupto imposible de negar. Es que cuando te corre el viento por la cara es difícil no arrugar la expresión…

Iba entonces pedal pedal.

Se encontró atravesando un umbral. Ese umbral.

Pudo ser una casa realmente, o pudo ser un arco del triunfo, bien pudo ser muchas casas pero definitivamente era una entrada.

La asaltó la curiosidad obviamente y estacionó el rodado. Jamás dejaría su camino redondo por ninguna distracción. Sucede, que sintió fuerza mayor, y también sucede que flotaba entre sus venas un poco de sangre. Había un principio irracional y de pasión por ahí fluyendo...perdido.

Pasando el umbral solo había escombros. Mugre. Descuido y violencia visual. Restos desbordantes de quiénes. De algunos. De alguien.

Nadando entre aquel lugar desolado se sentía increíble. Era como trazar un cuento imaginario de una persona desconocida. Era como recrear. Era como sentirse un artista de lo inacabado. Reconstruir, volver a cimentar sobre esas rocas firmes una naturaleza incierta y cambiante. Pero permanente.

Todo lo que allí había estaba muriendo. Moría porque había caído, lo habían derribado, lo había corroído el dolor o la desidia. Habían decidido caer.

Paseó por la tragedia como si fuera un circo. Espléndido espectáculo. Vio algunos amores, unos más eternos que otros. Se sonrió porque lo eterno de un amor le pareció un eufemismo algo banal. No hay amor sin eternidad se dijo. Sintió perfumes, le sorprendió que no fueran hedores de lo que está muriendo. Olía un poco a sal, a pintura y a jazmines.

Se tropezó con una montaña de libros. Estaban rayados, escritos, arrugados. Masacre de libros, les dió la espalda horrorizada de tantas letras ya leídas.

Fue ahí cuando por detrás sintió una pared fría. Allí se levantaba gigante y titánica. El muro; toneladas de libros impecables sin un solo rasguño más que la pasada de dedos de la primera vez que se ojea. Estaban ahí, pulcros expectantes esperando que se dignen a poseerlos.

Le dió un escalofrío y se prometió leer ese últimas páginas olvidadas en la mesa de luz.

Interrumpió sus pensamientos un estruendo espeso. Sonaron Miles de relojes. Horas tiempos segundos y momentos. Se atormentó. Conmocionada se fue oídos tapados. Que obsesión el tiempo.

Al borde de lo que hubiera sido una escalera rodaron mágicamente unos lápices. Colores vividos con vida se desplazaron escalón a escalón. Ella corrió detrás curiosa e intempestiva levantando el polvo del lugar tragedia.

Volaron papeles. Cartas de puño y letra. Poesía. Declaración y promesa. Dolor y felicidad inmensa. Palabras. Armonía de versos. Volaron y el viento se las devoró.

No se dió cuenta de su valor. La distrajo la luz.

Frenó seca. La rodeó un frío gélido. No había ya colores sonidos olores amores. No había nada.

Avanzó autómata porque no sabía moverse en ese momento. En el centro. En el medio de las ruinas un altar.

Mármol madera metal. Era un altar. Lugar de reverencia y protección. Pero no había nada. Era el altar vacío. De lo vacío.

Se dió cuenta.

Se anonadó

Se supo entre las ruinas

Ruinas circulares. Qué por serlo tienen principio pero no fin. Ruinas circulares eternas.

Se supo entre las ruinas. Ella estaba en el centro.

Se dió cuenta

Se anonadó

Se supo a sí misma ruinas circulares.

 

 

Pero los círculos se regeneran.

Rodó rodante pedaleando.

Empezó El circuito circular. De regenerarse y volver.

Para volver a empezar