Busca con desesperación. Revuelve cual roedor. Los ojos desesperados lo hacen parecer insano. Para colmo está todo desprolijo desalineado y revuelve con una sola mano porque la derecha está ocupada.
Sostiene. Presiona. Evita la fluidez espesa y escarlata que por ahí pudiera escabullirse.
¡Ay de este caos! Si no hubiera tanto desorden no parecería insano. Aprieta los dientes. Contiene la bronca. Sostiene con su mano el dolor.
El caudal abrumador tiene su propia represa ahí, y por ahora no sale.
Hallazgo. Encuentro victorioso, eleva el precioso tesoro resistente al agua y color transparente.
La curita.
Tan obnuvilado está llevándola como trofeo que no percibe que está inútil de mano derecha. Y que la cosa se va a complicar.
Pero lo de desesperado e insano no lo tiene de tonto.
Se detiene, pensativo ante esta encrucijada. Lo que sí sabe es que no va a dejar que se desborde.
Siente el calor ofuscado que protesta bajo su mano. La sangre rabiosa porque quiere nadar y la mano derecha que no la deja. Se mira deseoso la izquierda sosteniendo ese Edén rectangular. Piensa mientras la humedad empieza a amenazar. Se sonríe y está seguro de que saborea su propia astucia.
Lleva el artilugio sanador a la boca y con extrema delicadeza y determinación (como si fuera a robarle un beso a esa de pecas que lo vuelve loco) razga el paquete. Y ahí está ello, toda radiante limpia y transparente. Hipoalergénica.
Le suda la mano izquierda pero se sabe casi a salvo. Aumentan las palpitaciones. Se seca los labios para proteger a su protectora. Con idéntica astucia y habilidad extrae uno de sus plásticos. El tiempo corre entonces, los segundos gritan, chillan. Velocidad. Reflejos. Rapidez.
Contiene el aire y retira la barrera derecha para, con igual destreza, tapar el río sanguíneo con el escudo resistente al agua.
Se sintió volver a la vida. El alma entró de nuevo en sí mismo.
Héroe de su propio cuerpo. Reparador de las heridas de sus propias hazañas.
Camilo se limpió la mano derecha en su pantalón de river porque tenía sangre. Pensó en la frutilla inmensa que iba a fabricarse debajo de su curita marca curita y se mordió el labio inferior haciendo un onomatopeyico sonido de dolor pensando en el torneo futuro de la piel. Pero esto no le importó. Sabía que en el patio esperaban al goleadores que arrastró el asfalto para ganar el juego.
Total. Siempre que se lastimó, encontró una curita de sanación.
Esta vez era resistente al agua, transparente e hipoalergénica.