lunes, 28 de agosto de 2017

Crónicas rotas II

Busca con desesperación. Revuelve cual roedor. Los ojos desesperados lo hacen parecer insano. Para colmo está todo desprolijo desalineado y revuelve con una sola mano porque la derecha está ocupada.
Sostiene. Presiona. Evita la fluidez espesa y escarlata que por ahí pudiera escabullirse.
¡Ay de este caos! Si no hubiera tanto desorden no parecería insano. Aprieta los dientes. Contiene la bronca. Sostiene con su mano el dolor.
El caudal abrumador tiene su propia represa ahí, y por ahora no sale.
Hallazgo. Encuentro victorioso, eleva el precioso tesoro resistente al agua y color transparente.
La curita.
Tan obnuvilado está llevándola como trofeo que no percibe que está inútil de mano derecha. Y que la cosa se va a complicar.
Pero lo de desesperado e insano no lo tiene de tonto.
Se detiene, pensativo ante esta encrucijada. Lo que sí sabe es que no va a dejar que se desborde.
Siente el calor ofuscado que protesta bajo su mano. La sangre rabiosa porque quiere nadar y la mano derecha que no la deja. Se mira deseoso la izquierda sosteniendo ese Edén rectangular. Piensa mientras la humedad empieza a amenazar. Se sonríe y está seguro de que saborea su propia astucia.
Lleva el artilugio sanador a la boca y con extrema delicadeza y determinación (como si fuera a robarle un beso a esa de pecas que lo vuelve loco) razga el paquete. Y ahí está ello, toda radiante limpia y transparente. Hipoalergénica.
Le suda la mano izquierda pero se sabe casi a salvo. Aumentan las palpitaciones. Se seca los labios para proteger a su protectora. Con idéntica astucia y habilidad extrae uno de sus plásticos. El tiempo corre entonces, los segundos gritan, chillan. Velocidad. Reflejos. Rapidez.
Contiene el aire y retira la barrera derecha para, con igual destreza, tapar el río  sanguíneo con el escudo resistente al agua.
Se sintió volver a la vida. El alma entró de nuevo en sí mismo.
Héroe de su propio cuerpo. Reparador de las heridas de sus propias hazañas.

Camilo se limpió la mano derecha en su pantalón de river porque tenía sangre. Pensó en la frutilla inmensa que iba a fabricarse debajo de su curita marca curita y se mordió el labio inferior haciendo un onomatopeyico sonido de dolor pensando en el torneo futuro de la piel. Pero esto no le importó. Sabía que en el patio esperaban al goleadores que arrastró el asfalto para ganar el juego.

Total. Siempre que se lastimó, encontró una curita de sanación.
Esta vez era resistente al agua, transparente e hipoalergénica.

domingo, 27 de agosto de 2017

Crónicas rotas I

Haciendo algún uso de sus habilidades buscó el hilo correcto. Dedal, enhebró la aguja. Hilo adentro, hilo afuera. Puntada.
No era la primera vez.
Sentía que ya lo hacía a propósito. Qué se esforzaba digamos. Como si quisiera repetir a diario está pantomima curativa.
Esta es definitiva, pensó, voy a reforzarla. Puso doble hilo rosa claro y repasó la acción. Tampoco era la primera vez que reforzaba, ni que ponía doble hilo, ni que repasaba.
En sus fueros más internos siempre creyó que se trataba de esas composiciones algo húmedas. Donde la apariencia es fuerte, las fibras se sostienen con energía, el calce es bueno, sentadito. Pero se esconde el misterio de caducidad. Donde los resistente pierde su viril postura.
Pero también internamente dudaba de su propia misión reparadora. Ella sabía, no era la primera vez, ya dije, esto aumentaba su cotidianidad.
Con el tiempo dejó de preguntarse.
Cambió de aguja, agregó unas cuantas telas por detrás. Le sumó unos tironeos finales para comprobar la firmeza de su ritual reparador.
Sentía una leve satisfacción porque sabía que iba a enfrentar otra semana. Estaría espléndida, sus arreglos eran imperceptibles y la prolijidad de las puntadas envidiable.
Con el tiempo dejó de esforzarse tanto.
Al fin y al cabo gastaba muchas energías.
Con el tiempo dejó de pensar que era una buena inversión. Total, la prenda volvía. Las formas se mantenían, el color parecía cada vez más cínicamente brillante.
Con el tiempo.

El reloj nublado marcaba las cinco. Ya sabía ella. Ritual reparador. Rutina de sanación. Se hizo suspiro. Uno muy profundo. Es que ya la cosa la había agotado.
Dedal, enhebró la aguja. Hilo adentro, hilo afuera. Puntada.
Hizo el nudo, enrolló el hilo rosa claro, lo dejó a mano, como siempre. Se dispuso a finalizar y mirando, increpándola con hastío de esta rutina hizo su ademán de seguridad tirando. Su habitual mueca de satisfacción truncada le agrietó la cara.
Se quebró el silencio de la costura sigilosa. Los fueros internos cedieron ante tanta postura. Fibras inconexas estiran sus brazos para entrelazarse en amor armonía de prenda pero no se encuentran. Lloran agotadas de sostenerse para mantenerse enteras.
Se ahogó el intento.

Con el tiempo se rompió. Y ya no hubo rituales de sanación.
Era la primera y única vez.