Las madejas de moscas chimenteras iban de oído en oído. Y el cielo celeste se fue tiñendo de rosa. Se prendió en un fuego calmo y misterioso.
Se encendieron los grillos noctámbulos serenos de la noche.
Y las estrellas pulularon por el firmamento nigérrimo de cualquier ciudad. Del mundo entero.
En el secreto de las rocas, frías y perennes el tiempo se detuvo.
El misterio de lo todopoderoso, del reino sin fin.
La síntesis de la Belleza. De lo Bueno. De lo eterno.
La Victoria y la Verdad. Rey de reyes.
Y la suavidad, frágil vulnerable. El que todo lo puede, envuelto en rusticas telas, saboreando el amor de la Madre y acariciando su rostro con su diminuta existencia.
El tiempo se detuvo frente al misterio.
Del dador de vida, del infinito, alfa y omega.
Risueño bebé nacido en Belén.
Que poderosa la imagen. El regalo de este rey.
El hombre no supo ver, sumergido en la espuma de su egocéntrica celebración. No supimos. No sabemos ver. Contemplar, que en nochebuena, el tiempo se detuvo por que ha nacido la Ternura.