La ciudad se ha vestido de fiesta, de ostentó, de realeza.
Ensalzan, elevan, jolgorio. Murmuraciones. Bisbiseos, susurros. Presagio de otros rumores que se irán a escurrir serpenteantes una madrugada de viernes.
El borrico fiel. Fiel en su lomo recordando la misión que la naturaleza dispuso a tan austero animal.
Cargó el Amor.
Cargó al Rey.
Vio nacer la fragilidad poderosa.
Vio a la multitud atolondrada enceguecerse, tras los ramos de olivos agitando salutaciones que olvidaría al tiempo.
El tiempo.
La hora.
El recuerdo de un instante de alabanza que se haría silencio. Se haría cruz.
Y miedo.
Entra la Salvación subida a un burro y adorada por las gentes.
Entra el Nazareno sabiendo del tiempo y la hora.
Entra Jesús como aquella noche estrellada acunado en el seno de la Madre buscando asilo. Morada.
Vuelven los pueblos a recordar su entrada, su tiempo y su hora.
Vuelve la nostalgia al corazón.
Particulas volátiles de cemento . El mundo en ebullición.
Otras multitudes. Otros ramos. Otras murmuraciones.
Pero Cristo Rey vuelve a entrar en la ciudad a las vísperas del tiempo. Y de la hora.
Se elevan los ojos al cielo color celeste smog, se escapa de los labios gratitud, porque hay burro portador de la Divinidad, porque hay tiempo y hora, hay olivos y hay espera.
Porque hay Cruz.
Porque hay Redención.