La invasión. Secreta, sigilosa. Profundamente poderosa.
El avance estratégico. Las zonas en conflicto. Los conflictos, fragilidades, los cimientos en cuestionamiento. Las humedades sin revocar.
Las grietas.
Habitaciones pobladas. La sombra que te acompaña. Te abraza.
El hábitat que ahora desconoces.
La intrusión.
Casa tomada, poblada y deshabitada.
El hogar, que se deshace y se levanta sobre sentires nuevos. La vida la transporta a un otoño de encuentros.
Al sigilo de tu presencia. En ilusiones familiar.
La sangre. El susurro matinal.
El ímpetu con el que la aurora te besa y salimos a sentir la naturaleza.
Tu invasión reveladora, que me llevó los ojos al cielo otra vez. Hay otoño.
El misterio de lo desconocido, o la sensibilidad conocida que reconectaste en alguna vuelta en colectivo fugaz.
Los destellos de luz que encienden la cocina, las entrañas que se expanden perezosas en la casa tomada.
El deambular en un limbo y despertar con el diálogo del intruso.
¿Casa tomada?
¿O es la Patria en tensión?
¿O será esta la paradoja de la redención?
Hacer morada. Morar en.
Pequeño atrevido y descarado, hace un tiempo que volvemos en diálogo divertidos, esos pasos cansados que nos devuelven a casa.
Será, que la casa tomada, no es otra cosa que el sagrado monte donde dijimos con júbilo, ¡que bien que estamos aquí!