viernes, 26 de agosto de 2022

bitácora de algunas caminatas de agosto

Acá fluctuante la neurona entre mis delirios de escribir en la página de opinión de algún lugar.
Esto es, sencillamente, una opinión, un ensayo. No pretende decirse desde ningún púlpito. Sólo fruto del ocio creativo, valioso y devaluado a su vez.
Venía yo, en ese ocio obligado, pateandome la mochila, pensando en lo ingrato, silencioso y poco edificante.
Claro, soy docente.
O finamente soy educadora. Y fíjate que no hay cierre de trimestre, o abruptos cambios ministeriales o híbridos escolares que impulsen este desparpajo de palabras. Así y todo la condena social al universo docente. Que por las dudas aclara que no es contra vos, seguro yo no soy esa.
¿Esa quien?
Antes de llegar hasta estas líneas aclaramos, es opinión.  Y por ende no es mandato ninguno. Pero en el pórtico de un aula la educadora sufre una profunda transformación. Se agudizan todos los sentidos, no hay dolor, créeme, no lo hay, que valga, preferis morirte el fin de semana o de camino a casa. Pero ahí, hay una adrenalina sobrenatural. El contenido atractivo se vuelve fugaz si hay otra cosa, otra cuestión, si hay un atisbo de inquietud intelectual.
No hay sistema que pueda con eso.
No hay agotamiento ni pandemia.
No hay paria social frente a la luz. De la Verdad.
Por que también hay que decirlo. En el país cuya experticia es la devaluacion, no hay profesión más devaluada que el arte de la educación.
Nunca falta el comentario en julio o diciembre de esas largas inmerecidas vacaciones.
Curioso detalle, para el que se dedica a formar/deformar espíritus. Para el que piensa y opera en pos de los líderes del futuro, santos, héroes.
Ahora si parece que el aula es una épica arrolladora.
Lo es.
Pero también es vapuleable por los que solo han sido alumnos. Por los científicos y sabios contemporáneos.
Opinable, criticable, paria social ya lo dijimos.
También es peculiar que nadie se jacte de levantar la bandera de las dos instituciones que pueden destruir o elevar a la humanidad. Claro, hablo de la familia y de la educación (formal o informal)
Lo que me queda es la gratitud. Hacia los que hicieron la épica maravillosa de mi presente.
Mis educadores, mis papás.
Que me desalentaron con honestidad temiendo que mi frágil espíritu se desencante. Ellos supieron y saben que soy una romántica.
Y que también me enseñaron a vivir con pasión y dedicación, la conquista de laureles eternos, esos que no se ven. Pero no perecen.
Como era muy obvio, no traje ninguna novedad, y mucho menos una solución. A mi propio pesar.
De golpe si, la próxima oportunidad que tengamos para escupir sandeces, pensemos en que algo de lo que somos, ínfimo, se lo debemos a los educadores y a nuestra familia. A los que habremos oido/desoido. Y los que habrán formado/deformado.
Quizá entremos con más sigilo a contemplar la dadivosa tarea de quienes escriben y alientan la épica de santos y héroes.
Valoremos la siembra.
Y multipliquemos los frutos. 

miércoles, 3 de agosto de 2022

bitácora 1 de casa tomada

Hoy dije: cada hijo será una poesía distinta. 
Claro, la poesía también es dolor, es tragedia, es redención, es belleza y luz.
Claro, es música, es desvelo, es vigila, es miedo y es el verso tras verso que revela lo desconocido. 
Quizá sean poemas diferentes en momentos distintos. 
El que lees cautivado en un tren después de un paseo en bici.
El que te llega por hacerle lugar a tu versión más contestataria.
El que encontras en la mesa de luz.
Y el que usas para rezar.
Los hijos y las plegarias son poesías.
Sufrientes, eclécticas, enérgicas, vigorosas, imperativas a veces tiranicas. Enormes, devastadoras, serenas y atribuladas.
Intempestivas
Revolucionarias
Luminosas.
...
Por fortuna la poesía existe.
Y los hijos
Y la plegaria