domingo, 15 de enero de 2023

Monólogo I

Como siempre, nadie me preguntó.

pero en este magnífico universo de lo opinable me tomo el atrevimiento de opinar. De lo mío. Quizá simplemente a modo de catarsis personal, de expresión, de hacerme la moderna queriendo visibilizar lo que nadie me pidió ver.

Lo considero importante.

Y lo digo.

Y como siempre tuve algun delirio de ensayista de algun diario que nadie me ofreció, me tomo la libertad, mejor dicho, hago uso de mi libertad y expreso.

El monotema que interrumpe mi diaria es logicamente lo que de manera monopolica me está sucediendo. Soy madre. Lo peculiar es que ya nunca dejará de suceder.

Indistintamente de la condición, del lugar, del número de niños. Una es y punto.

Y a su vez deja de ser. ¿qué cosa? una misma. 

la transformación es tan arrolladora que no me caben muchas palabras. Arrolla, abruma, conmueve, destruye, construye, eleva, deforma…algunas cositas más podría decir. Recuerdo que mi propia madre me dijo algunas veces, suficientes para que yo lo recuerde: una deja de ser una para ser madre. Es como si no cupieran en el mismo cuerpo. Pero ojo, esto no viene a atentar contra las propias proyecciones personales. Es definitivamente parte del proyecto. Solo que nadie advierte el movimiento sismico que implica.

Las placas tectónicas de la ahora madre se sublevan, mueven, elevan. Danzan haciendo desaparecer lo que había y quedándose con lo necesario. es como una creatura buscando incansablemente lo que necesita que quede para habitar con su nueva presencia este hogar nuevo.

Claro, no basta con gestar nueve meses. 

Lo más revelador sucede cuando te das cuenta que hay días, muchos días, en los que sólo sos eso. Una madre. Nutriendo a su hijo.

Bueno acá freno en este relato porque yo suelo ser muy poco compasiva conmigo misma. Me salgo, me siento frente a esta escena y la contemplo. 

Sólo sos una madre nutriendo. A su cría. A su cachorro.

Sólo sos.

Sos, lo indispensable. Lo sagrado para ambos. El pequeño rastro del abandono de si, por una causa mucho mayor. 

por la supervivencia.

Desde ya que la maternidad es un acto de supervivencia también. Hay que sobrevivir a este mundo tirano donde la madre es un show comercial.

Y hay que sobrevivir, a una misma.

Entonces ahí está el primer gran movimiento sísmico. Desaparecer. Ser la madre de.

Y aunque de a poco una reaparece, la vida se escribe y se percibe muy distinto. porque en el fondo es una misma (esos rastros que dije que quedaban) siendo madre.

Soy yo, la que llora mirando el cielo a veces, la que sabe que se aprende más con la naturaleza, la que desea la contemplación sobre todas las cosas, la que no se averguenza de hablarle a diario a su bebé sol, o canturrear, o bailar, o susurrarle historias.

Y también la rutinaria, la disciplinada, la que busca respuestas a todo, la que se desespera cuando algo no está bajo control.

(Adivinen cual es la que sufre más)

Y en esa transformación aparecen todos los demonios posibles. El cliché de quinta categoría de que con la madre nace la culpa es la verdad más estupidamente frágil que escuche y vivo a diario. La bipolaridad se apodera de todos los rincones de tu existencia.

Y hay que aprender a vivir con eso.

Y hay que aprender a convivir con la naturaleza de las personas que rodean este universo tan complejo.

Es transformación. Es soledad, que merece un monólogo aparte. La soledad y las redes que de trazan. Telares del amor.

Pero mamá sola al fin danzando en alguna penumbra.

Es fragilidad. Parece como que se caen los escudos. Como que la vida extrauterina hace que todo sea opinable, sugerible, pensable y dicho en voz alta.

Entonces la grandeza del acto cocreador, de dar a luz, de sostener la vida, quedan en segundo plano porque todo entra en discusión.Y poco interesa la lucha transformadora que se está sufriendo.

No te olvides: las madres desaparecen.

La ardua batalla del mundo exterior.

Que no contempla, en silencio, con devoción, sin prisa, con generosidad y calidez.

Se despiertan los demonios del egocentrismo banal. 

A veces me encuentro danzando yo misma esa melodía circense fuera de foco, complaciente y enérgica. Rosa.

Entonces, para completar este fenómeno de la naturaleza le sumamos el broche de oro de lo exigido.

No solo por los comensales opinólogos. No solamente por ellos. Este banquete lo provee una misma. O el statu quo.

Hay una mezcla poco encantadora y muy tentadora de exigencia. De un falso deber ser. La delgada línea roja, imperceptible, monstruo al acecho. Orgullo, vanagloria. Esta alimaña no da tregua, es una suerte de termita mental insistente y arrogante que va, lento, pausado y seguro construyendo una imagen de lo que debería ser. De lo esperable de lo deseable. 

Nutriendo las miserias se construye la madre más alejada de la realidad posible. La madre sin ningún disfrute, en una suerte de odisea interminable con su propio ego. 

Es que en esta lucha interna (y no tanto) hay muchos frentes, muchas líneas, muchas estrategias posibles. Y la exigencia se erige, cual muro de los lamentos, inquebrantable, inmenso, inabarcable. 

Desparecer.

Sobrevivir. 

Escapar del falso deber.

¿Algo más?

Si. Para ser madre hace falta hijo. 

Cría. Cachorro. Bichito. Sol.

Y acá el binomio pega un vuelco digno de una contemplación silenciosa y atenta. 

Somos dos.

El llanto, lo ínfimo e inmenso de la fortaleza de esa criatura que nació para dar toda su energía amorosa en un simple acto: amar. En el destello de sus ojitos de forma triste que se arquean. Literalmente sonríen.

En la huella del buen Dios que sigue riéndose bajito de todos mis planteos existenciales. 

En el reseteo diario de todas las mañanas, cuando tu mueca pañalera responde a mi buen diaaaa.

El binomio de la madre y los rollitos de su hijo. Que contempla orgullosa sumergidos en el agua. En la respiración suave nocturna, evocadora de lunas.

El Cachorro que duerme plácido garrapata de la casita que lo refugió sus 38 semanas y un día. 

Bebito sol.

El que dijo alguna vez que la maternidad es un estadío de plenitud quizá no miente.

Pero no es transparente y genuino el que no reconoce este desastre de la naturaleza perfecta. Porque como todo lo celeste, todo aquello que participa de lo eterno, es arduo, es cuesta arriba, es revelador y revolucionario.

Es un acto de oblación. 


Y duele.

Los romances son un poco dolorosos ¿no es cierto?


Quizá no haya sido tan casual, que ponga fin a este monólogo un 15 de enero. El día que quien me enseñó de oblaciones tomo vuelo eterno. 

Seguro hubiéramos reído de esta versión atolondrada y agotada que soy de madre. Y seguro hubiéramos celebrado con besos y a voz de juego los rollitos de Tarsicio.

Allá va esta baguala.

Ojalá tenga una pizca de mi madre oblación.

Esa que supo ser cunita.