Siempre creí que las estrellas eran
algo especial. Algo único quizás.
No se las podía comprar en la librería Popeye, y
mirá que en esa librería que te digo se consigue de todo. Y además Horacio te
daba caramelos sin que se los pagues. Pero ahí no las vendían.
La luz me llamaba mucho la atención,
tal vez me impresionaba. Entiendan que a veces los porteños pagaríamos por un
campo estrellado (algunos no somos lo que parecen).
Pero digo, hablo conmigo misma, en la
cuadra de la Tía hay millones de luces de colores, en navidad usamos esas estrellitas
que chispean y que, entre nosotros, me dan todavía un poco de miedito, tengo la
extraña sensación invasora de los mini fuegos que desparraman desordenadamente
y jugueteando…sin irnos muy lejos, mi primo tenía una linterna fantástica, de
esas que usan enormes cantidades de pilas que después se sulfuran o sulfatan,
nunca supe bien como es la cosa…
Me volví medio triste cuando dejamos
de pasar navidad en la finca, el cielo ya no era el mismo.
Sin embargo, la memoria traicionera (yo
no se la de ustedes, pero la mia es bastante terca), trae al presente una
cierta noche buena, una única en su especie, el firmamento descubrió para mi
su eterno misterio.
Mi abuelo el gaucho estaba enfermo,
de enfermedad de vejez capáz, enfermedad de cuerpo, porque el alma estaba
intacta. Abuelo con olrcito a vica y coca, olor a campo, a la linda tostada en
la que todos aprendimos a galopar a trotecito suave, olor a tabaco y a norte
estrellado. Abuelo gaucho no habla, grita, desde la cocina de la bendita Chacabuco:
¡Oscuuriiita! me llamaba, y a las chapas corría la piojosa de mi misma a sus brazos. Yo en secreto lo quería mucho. Digo en secreto porque sus
silencios me daban un poco de miedo.
Abuelo gaucho me enseñó del coraje sin
decir nada. Me sonrió y brilló en sus ojos un lucero eterno.
Esa noche buena no hubo fiesta en la
finca, hubo silencio inmortal, como la eternidad del lucero del gaucho mas
gaucho que conocí.
Y ese día entendí tu valor. Tu valor
de estrella, valor inconmensurable de brillar para mi en el firmamento
escarlatino de la Linda.
Valor de recuerdos, de olor a coqueo
y cigarro, de ruido de botas y pellizcón rozagante en mis hoyuelos de nieta.
Guardas para vos firmamento
maravilloso el eterno fulgor de las grandes personas que se animaron a
sonreirle al mal tiempo.
Que dijeron todo en sus silencios y
no malgastaron palabras necias.
Guardas a la mamá de mis ojazos y al
abuelo gaucho en tus misterios.
Siempre creí que las estrellas eran
algo especial.
Hoy creo que el buen cielo se vuelve guía en los luceros que lo pueblan con el tiempo.
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