Silvido, límpido y sonoro. Resquebrajás la armoniosa mañana de un sábado pre primaveral.
Sos el oficio. El trabajo. El
esfuerzo.
Pequeña ave cantautora vas
trinando tu propia melodía.
Y se acercan sin apuros a pedir
tu labor de único porte y trabajo.
Pareciera que entre tus rodados
no ha pasado el tiempo. Tenía cinco, o seis o veintiseis y ahí desplegabas tu
magia única. Magia de trabajo irremplazable.
A los cinco, desparramando todo
tu misterio sobre ruedas eras el anuncio del sábado.
Sábado. Soleado. Sonriente.
Sábado de bajar a la vereda para
andar en bici y llenar de frutillas mi diminuta humanidad.
Hoy ibas majestuoso cargando tu
propia invención. El sustento de tu imagen.
Ya quisiéramos portar tu
nobleza.
Impagable señor. Impagable
infancia en las vereditas sin rejas de Baez.
Despreocupada la cabeza, ligero
el corazón.
Silvido. Límpido y sonoro.
¡preparen los cuchillos! llegó
el afilador.
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