Haciendo algún uso de sus habilidades buscó el hilo correcto. Dedal, enhebró la aguja. Hilo adentro, hilo afuera. Puntada.
No era la primera vez.
Sentía que ya lo hacía a propósito. Qué se esforzaba digamos. Como si quisiera repetir a diario está pantomima curativa.
Esta es definitiva, pensó, voy a reforzarla. Puso doble hilo rosa claro y repasó la acción. Tampoco era la primera vez que reforzaba, ni que ponía doble hilo, ni que repasaba.
En sus fueros más internos siempre creyó que se trataba de esas composiciones algo húmedas. Donde la apariencia es fuerte, las fibras se sostienen con energía, el calce es bueno, sentadito. Pero se esconde el misterio de caducidad. Donde los resistente pierde su viril postura.
Pero también internamente dudaba de su propia misión reparadora. Ella sabía, no era la primera vez, ya dije, esto aumentaba su cotidianidad.
Con el tiempo dejó de preguntarse.
Cambió de aguja, agregó unas cuantas telas por detrás. Le sumó unos tironeos finales para comprobar la firmeza de su ritual reparador.
Sentía una leve satisfacción porque sabía que iba a enfrentar otra semana. Estaría espléndida, sus arreglos eran imperceptibles y la prolijidad de las puntadas envidiable.
Con el tiempo dejó de esforzarse tanto.
Al fin y al cabo gastaba muchas energías.
Con el tiempo dejó de pensar que era una buena inversión. Total, la prenda volvía. Las formas se mantenían, el color parecía cada vez más cínicamente brillante.
Con el tiempo.
El reloj nublado marcaba las cinco. Ya sabía ella. Ritual reparador. Rutina de sanación. Se hizo suspiro. Uno muy profundo. Es que ya la cosa la había agotado.
Dedal, enhebró la aguja. Hilo adentro, hilo afuera. Puntada.
Hizo el nudo, enrolló el hilo rosa claro, lo dejó a mano, como siempre. Se dispuso a finalizar y mirando, increpándola con hastío de esta rutina hizo su ademán de seguridad tirando. Su habitual mueca de satisfacción truncada le agrietó la cara.
Se quebró el silencio de la costura sigilosa. Los fueros internos cedieron ante tanta postura. Fibras inconexas estiran sus brazos para entrelazarse en amor armonía de prenda pero no se encuentran. Lloran agotadas de sostenerse para mantenerse enteras.
Se ahogó el intento.
Con el tiempo se rompió. Y ya no hubo rituales de sanación.
Era la primera y única vez.
¡Muy bueno!
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