Por cada viaje, por cada camino silencioso, por cada escombro cubierto
de verde pasado.
Por cada luna, gorda panzona, tajada, sonrisa burlona, amor de sus ojos.
Por cada viento, cada perfume, cada cielo celeste, cerrado, azul y
rosado.
Por todas las gotas y gotones que derramó. Por el vendaval que desató la
tormenta interna.
Por todos esos escenarios ordinarios que ella supo pintar, pincelada
apurada, desprolija y atolondrada. Por todos y los que no dejó que pasaran.
Por todos estos detalles que el universo olvidó en su camino, ella
levantó castillos de espuma. Fortalezas transparentes, volátiles y efímeras
como su misma composición.
Por un instante, o por varios, abandonó su propia presencia. Se le
dilató el corazón. Sumergida sirena sonríe en lo más absurdo para sonreír. Se
le acumulan las lágrimas de la emoción cada vez que se asoma en la ventana
aquel tronco igual a mil troncos de hojas color sol. Ella sonríe, le dedica su
amor y se escapa.
Ahí va, suspendida en el tiempo y en el espacio.
Subterránea. Artista de su propio universo.
Universo paralelo.
Por todas esas insignificancias ella tendió puentes. A un futuro lejano
y cercano, a un mundo que solo cohabita con sus neuronas. A su isla.
Debajo del hoy se dibujó alas a sí misma. Y voló. Se elevó
desapareciendo casi de este presente. Vuelve. Vuelve porque a veces se agotan
las alas y sigue teniendo pies que necesitan tierra.
Por culpa de ese no sé qué que la sobrepuebla le es inevitable este
ejercicio. Rutina diaria. Escapismo de su propia realidad.
Porque ella sabe, que no hay puentes, no hay castillo, el árbol es tan
solo un árbol, la luz naranja de las nueve es tan sólo un efecto luminoso, los
sonidos son simples circunstancias, como el perfume y los escenarios que
pintaste en relieve y te hicieron sonreír.
Pobre ella inútil sin utilidad en este mundo.
Pobre ella poseída por su imaginación quiso tender puentes sin tiempo ni
espacio.