martes, 24 de abril de 2018

Crónicas Rotas XIV


Por cada viaje, por cada camino silencioso, por cada escombro cubierto de verde pasado.
Por cada luna, gorda panzona, tajada, sonrisa burlona, amor de sus ojos.
Por cada viento, cada perfume, cada cielo celeste, cerrado, azul y rosado.
Por todas las gotas y gotones que derramó. Por el vendaval que desató la tormenta interna.
Por todos esos escenarios ordinarios que ella supo pintar, pincelada apurada, desprolija y atolondrada. Por todos y los que no dejó que pasaran.
Por todos estos detalles que el universo olvidó en su camino, ella levantó castillos de espuma. Fortalezas transparentes, volátiles y efímeras como su misma composición.
Por un instante, o por varios, abandonó su propia presencia. Se le dilató el corazón. Sumergida sirena sonríe en lo más absurdo para sonreír. Se le acumulan las lágrimas de la emoción cada vez que se asoma en la ventana aquel tronco igual a mil troncos de hojas color sol. Ella sonríe, le dedica su amor y se escapa.
Ahí va, suspendida en el tiempo y en el espacio.
Subterránea. Artista de su propio universo.
Universo paralelo.
Por todas esas insignificancias ella tendió puentes. A un futuro lejano y cercano, a un mundo que solo cohabita con sus neuronas. A su isla.
Debajo del hoy se dibujó alas a sí misma. Y voló. Se elevó desapareciendo casi de este presente. Vuelve. Vuelve porque a veces se agotan las alas y sigue teniendo pies que necesitan tierra.
Por culpa de ese no sé qué que la sobrepuebla le es inevitable este ejercicio. Rutina diaria. Escapismo de su propia realidad.
Porque ella sabe, que no hay puentes, no hay castillo, el árbol es tan solo un árbol, la luz naranja de las nueve es tan sólo un efecto luminoso, los sonidos son simples circunstancias, como el perfume y los escenarios que pintaste en relieve y te hicieron sonreír.

Pobre ella inútil sin utilidad en este mundo.
Pobre ella poseída por su imaginación quiso tender puentes sin tiempo ni espacio.

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