viernes, 4 de mayo de 2018

30 de junio de 1998

Como buena fanática del tiempo que me concibió, me vio nacer y crecer; atesoro ciertos destellos. Hitos en mi historia personal que se me escapan en sonrisas de viajes imaginarios.
No es el relato de mi primer beso o de mi primer viaje en avión. No. No esperen que eso sea un hito.
Deambulábamos felices por las carnavaleras ruas de Brasil. Transitando el '98 se avecinaba junio. Un mes irrelevante en la vida de los mortales, incluso en la mía a pesar de cumplir años. Ese 30 de junio no pasó a la categoría de sonrisa obligada por ser mi cumpleaños número diez; pasó a ser parte de mi memoria por el evento futbolístico que azarosamente esperábamos en familia.
Hacía un año que habitábamos en la hermosa Río de Janeiro. Olor a sal, a sol, a carnaval. Junio nos encontró de festejo.
Convengamos que ni al colegio íbamos. La vida, era pura vida.
Silesia (otro de los grandes personajes que me hacen deslizar una sonrisa y marcar mis hoyuelos) nuestra amorosa Silesia se ocupó de armar la mesa como para un regimiento. Había de todo. Había mi postre Silesia favorito. Había pavé.
Pero también había partido. La fiesta del futbol se abría con el gallo francés poniendo su mejor empeño en parecer simpático.
Y los titulares salieron a la cancha. Y empezó mi cumpleaños número diez.
Mientras transcurría el evento mi mamá me hizo unas trencitas con cintas albicelestes. ¿Por qué? No sé. Estábamos de fiesta. Y casi que fiesta patria: jugaba Argentina vs Inglaterra.
En el show de goles y la euforia nos duelen sus dos tantos. Pero Batistuta y Zanetti nos hacen el empate.
Tensión. Comida intacta. El universo palpita.
El tiempo suplementario se transforma en una odisea. En una eternidad de gritos y gestos, degargantas colmadas de desesperación.
La sentencia. Penales.
Al patíbulo los once y detrás de ellos, todos nosotros. Y yo vestida de celeste y blanco y con cara de cumpleaños.
En cada microsegundo se va descomponiendo el cuerpo y en cada gol la adrenalina estalla y vuela en pedazos con forma de grito y ovación.
Se desarman los nervios, se eriza el cuerpo y se retumba. Quisieras que se escape en fuga el corazón porque ya resulta incontenible y doloroso.
Y ahí va. Lento, con toda la fibra de su cuerpo y su precisión. Parece que el ojo detecta esos movimientos milímetricos.
Dale Roa. Lechuga Roa. Desplegá tus heroicas alas, estírate a la conquista del universo. Casi se nos escapa un pensamiento.
Devolvenos la soberanía.
De nuevo, otras manos. Gesto divino. Atajada triunfal. Estruendo emocional.
Serían las mil horas...ya no sé.
Entre el bullicio y mis trenzas cumpleañeras lo veo a mi papá asomado a la ventana componiendo groserías para los brasileros que hinchaban en la calle por los piratas.
Mágico junio.
Cumpleaños de euforia.
Cumpleaños de gol.

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