Sigilo a veces sensual, te siguen tribunales examinadores de lo que suponen.
Otean el horizonte que en pocos rincones se dibuja recto. Salvaje selva de cemento.
Se han levantado murallas. ¿grises? No, mirá bien. Ella es explosión de color, vibrante y musical.
Más allá, el romance de los olores, el perfume de tus otoños. La plegaria de los árboles al viento. Ese cielo, majestad celeste.
Han levantado juicios, afirmaciones grotescas en tertulias a puertas cerradas. Vuelan cual moscas de funeral los rumores que corren de tu temperamento. En ese aire denso, espeso y envidioso.
Se caen ojos al suelo. La imagen porteña. Citadina, soberbia y veloz. Sin impunidad titulan así los epígrafes de lo que sus mentes registran.
Extraña, cuasi barbarie siglo XXI.
Seguro pecaminosa. Cargando todos los males, porque oscura y nigérrima.
Se elevan. Escupen desde pedestales, atrios y escenarios, juicios lapidarios.
Te entierran.
Esas miradas recelosas e ignorantes te sepultan.
Y matan el espíritu que no han llegado siquiera a saborear.
No se han atrevido. A derribar sus prejuicios, a desoír zumbidos, a interpelar al extranjero.
Cobardes, no se animaron al otro.
No hablo de mi, no (¿o si?)Hablo de vos, portuaria, arrabalera, misteriosa, irreverente y altanera.
Que hermosa sos petit París.
Que estrechos los que solo te ven, te temen y te desprecian.
Cobardes pues, acá estás.
Toda apasionada, toda arte. A la espera de quien te recorra y se enamore de vos.
No hablo de mi, no.
Hablo de Buenos Aires.
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