miércoles, 12 de mayo de 2021

Crónicas rotas XXIX

Abrió.
Los ojos, el abanico que abrazaba el romance circular verdeamarillo se elevó generando una suave sombra.
Su mirada curiosa inició el ritual de la búsqueda. Recolección.  Memoria. Registro visual, fue engordando las pupilas.
Se llenaron de polvo, de esas particulas juguetonas que solo se ven a la luz. La luz de un rayito de sol atrevido, que cosquilleaba el helado mayo.
Engordó. Engordó de verlo pulular, trabajar, sonreír con los ojos. Ensanchó su existencia contemplando el ir y venir entre cacharros e historias.
Abrió.
Las persianas. Todas. No le importo el frío. Sus tobillos lo sintieron y se le enfrió la punta de la nariz.
De par en par, aire nuevo, otoñal. Se quejo de la falta de música y hojarasca. Falta dorado, falta fuego. Y se imaginó que en las sierras todo era poesía.
Abrió.
Sus manos. A la labor, a la construcción real y material. A levantar una morada, un hogar, un refugio, un castillo, un nido.
Sin planos, porque está en el cielo.
Y sus manos tocaron cielo y tierra. Historia del tiempo, entre los que están, los que estuvieron y los que velan con las estrellas.
A las caricias, deseando recordar lo que se siente cuando los dedos se deslizan pícaros por el pelo carbón de él.
Abrió.
Su sonrisa. No se la negó, sintió cansancio, ternura, agotamiento, a veces solapada la escondió frente al silencio. Pero allí estaba, simpática juvenil peculiar. Dejó que fuera espontánea y ligera. Dejó que se fuera borrando la tensión y saboreo bienestar.
Abrió.
El espíritu.  La imaginación. Se supo en ese lugar y en otros lugares.
Se supo en el corazón de sus amigos.
Dejo de sentirse en todos lados y en ninguno.
Abrió el alma. Y se sentaron a dialogar.

domingo, 2 de mayo de 2021

Microrrelato de Cuarentena

 Esa tensión perfectamente identificable. Tanto que se puede sentir.

La podés ver.
Es la sombra entre las pestañas y el ojo.
Es esa cuenca morada, algo sanguínea, grisácea, plomiza.
Casi que la podés tocar.
No es áspera porque su naturaleza es elástica, ya que se acomoda, se anida. Hace hogar entre la nuca y la espalda. Se camufla en las sienes. Merodea las orejas. 
Está a sus anchas sobre el cuerpo encorvado. 
Se zambulle en la marea de la panza. 
La podés oler.
Tiene el aroma de la derrota. De la fragilidad no asumida. De los múltiples basta que acumulaste en las comisuras.
El perfume de los rollos mentales que se apolillan entre tus nudillos y las ilusiones mal sembradas.
Flexible para subsistir. Rígida en sus formas. 
Aplastante existencia entre la bruma de lavanda que te hace conciliar el sueño y te mantiene en vigilia secreta. Poniendo en guardia y en guerra el propio descanso. 
Tal vez la podés saborear. Es húmeda, y salada, como la bronca que desparrama tu incapacidad de abrazar el límite. Tiene el gusto del abismo y de la soledad.
Esa tensión que podés tocar, cada vez que tus manos sienten que duele, y en gesto soberbio y disociado mantienen la postura. La estampa de un cuerpo ajeno, desconocido. Esclavo de un límite sin límites. Y enamorado de la libertad. 
Que no ejerce.