domingo, 2 de mayo de 2021

Microrrelato de Cuarentena

 Esa tensión perfectamente identificable. Tanto que se puede sentir.

La podés ver.
Es la sombra entre las pestañas y el ojo.
Es esa cuenca morada, algo sanguínea, grisácea, plomiza.
Casi que la podés tocar.
No es áspera porque su naturaleza es elástica, ya que se acomoda, se anida. Hace hogar entre la nuca y la espalda. Se camufla en las sienes. Merodea las orejas. 
Está a sus anchas sobre el cuerpo encorvado. 
Se zambulle en la marea de la panza. 
La podés oler.
Tiene el aroma de la derrota. De la fragilidad no asumida. De los múltiples basta que acumulaste en las comisuras.
El perfume de los rollos mentales que se apolillan entre tus nudillos y las ilusiones mal sembradas.
Flexible para subsistir. Rígida en sus formas. 
Aplastante existencia entre la bruma de lavanda que te hace conciliar el sueño y te mantiene en vigilia secreta. Poniendo en guardia y en guerra el propio descanso. 
Tal vez la podés saborear. Es húmeda, y salada, como la bronca que desparrama tu incapacidad de abrazar el límite. Tiene el gusto del abismo y de la soledad.
Esa tensión que podés tocar, cada vez que tus manos sienten que duele, y en gesto soberbio y disociado mantienen la postura. La estampa de un cuerpo ajeno, desconocido. Esclavo de un límite sin límites. Y enamorado de la libertad. 
Que no ejerce. 

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