Las fechas, eventos fatídicos en la vida de cualquier historiador. Memoriales. Prendedores inmutables del tiempo.
Soy malisima con las fechas.
Pero algunas.
Algunas se prenden como alfileres sutiles que caen cuando se hilvana y se cose.
Caen por el peso de una costura re escrita.
Otros, sin vergüenza alguna, se aferran anclados, lapidarios y estigmatizantes en el ombligo cual cordón umbilical.
Cual cordón.
Que jugada astuta la del olvido. Que liviana la gente, flota fantasmagoricamente simplemente por que no recuerda. ¿O es que elijen olvidar?
La evaporación del tiempo.
Tuve el nido atragantado. Tache los días en el festivo calendario del hogar.
Me vi, me veo. Acumulando enseñanzas. Haciendo silencios, aprendiendo de la humillación. Queriendo salir corriendo a donde sea que estés. Hacer cueva en tu sonrisa y risa.
Porque se evapora la adulación, la altanería, la soberbia intelectual, el valor propio, el saber hacer se vuelve ignorancia.
Cada bendito enero me vuelvo bebé de tu cunita sanadora. Adolescente incomprendida. Inevitablemente huérfana.
Qué paradójico amor por el tiempo que de haber sabido, me hubiera dedicado al arte. Al arte de conservarte con más precisión.
Y qué atrevido sos enero. Que derrotas hace 13 años mi fortaleza de roble.
Quizá mañana, sea otro día. Esperando con infantil deseo, perderme, y que me encuentres.
Que me enseñes del silencio.
Que me muestres a Jesús otra vez.
Que te atrevas a ignorar mi carácter y me abraces.
Que me consueles y me enseñes a ser madre.
Bello refugio primigenio.
Quisiera jugar con el liviano olvido. Pero prefiero la memoria y las charlas, plegarias, súplicas al cielo celeste de madre y sus ojos verdes.
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