jueves, 3 de agosto de 2023

bitácora 12

Esta vez está semana me encuentra siendo protagonista. En realidad co-equiper con Tarsicio. Una de las múltiples tareas que hacemos juntos.
Voy a empezar, como siempre, es un relato no pedido. Y absurdamente subjetivo.
Esto es experiencia. De este niño y su madre haciendo o aventurandose en el andar.
Yo, sabe Dios por qué, tenía una conviccion especial con la cuestión. Quería salir airosa. Me resistía a fracasar en algo tan visceral como es alimentar la cría.
Me interiorice. Hice mis notitas. Me lo imagine y lo naturalice en mi ideal.
Lo primero que escuche en el pasillo fue el llanto desesperado de mi hijo y agus diciéndome si estaba lista porque el bebito temía hambre. ¿Lista? Ni pálida idea. Acababa de parir. Una experiencia surrealista hasta ahora. Me sentía en un cuento. Dichosa y a su vez en paz; pero ¿lista?
Grabado a fuego ese paseo en silla de ruedas con el bichito de sol buscando ciego su comida. A tientas, instintivo. El sabía que estaba ahí.
Pero yo de la teoría ni un recuerdo. Hice lo que pude. Me lastimé. Me creí las palabras de "y si...duele"
Pero yo sabía que no, sabía que no tenía que ser así.
Y fui atravesando barreras. Llore a mares cuando vi la libreta de mi hijo que decía alimentación mixta. Por esos 3 4 dias de formula acompañando el proceso natural de recién nacer.
Padecí la presión cercana de resolver todo con la lactancia...ah pero después "se la pasaba prendido"
Si.
Nido. Contención. Asilo, cobijo calor.
Mamá. 
Imaginate amanecer en el mundo abrumador y tremendamente ruidoso, imaginate pasar cual objeto de exhibición de brazo en brazo queriendo volver al olorcito que te protegió nueves meses. Ese que te nutre y en el que confías, ciegamente en que te va a cuidar.
Por que desde ya que preferis que sean los papás los que te acompañen a conocer este mundo. El nido. Y aquel que velo por la casa de Tarsicio.
Padecí la vulnerabilidad de que besen a mi hijo mientras estaba comiendo.
Ah es que la lactancia es de las grandes cosas opinables.
Cada gramo del bebé sol fue y es mi gran orgullo. En cada obstrucción que sufrí (que fueron muchas) hice equipo. Con mi familia. Y siempre que quise bajar los brazos tuve alientos varios. De cerquita...y de lejos.
Me vi sumergida en un sillón eternamente dando de comer.
Me vi sin usar tales o cuales ropas, aptas lactancia básicamente.
Lloré este cuerpo todo irreconocible, e incómodo.
Me vi abrazando la temible y criticable lactancia a demanda (¿qué será a demanda no?)
No, no fue fácil para mi.
No fue ideal.
No fue un placer.
Es esfuerzo, diario, dedicación. Abrazar una nueva situación. Mutable y cambiante Padecer las crisis y confiar.
Confiar en darlo todo.
En poner el cuerpo pero sobre todo el corazón.
Cuando descubrí, no sólo en las palabras, sino en los ojitos de mi bebé que la lactancia es mucho más que nutrirse, abrace algo sagrado que no había podido ver inicialmente.
Ser ese primer hogar fuera del hogar.
Ser la extensión de ese nido.
Ser el apego seguro, aunque haya crisis, mamá siempre está y va a estar.
Seguro siga renegando porque es mi naturaleza.
Sin embargo hoy, a la vuelta del trabajo, en el reencuentro más feliz, nos miramos, nos reconocimos. Hablamos de cómo estamos, nos dimos besos y abrazos. Hubo todo una circunstancia de amor que trasciende la alimentación. Que alegría poder hacerlo sin presiones ni prejuicios.
Ojalá conservemos el aprendizaje y la madurez de contemplar, de no opinar sino de acompañar.
Y de seguir creyendo en el misterio de que las madres renuncian por amor.
Son verdaderamente inigualables.
En sus formas y colores.
Porque anhelo que todo sea aprendizaje y que mi maternidad solo traiga crecimiento y enseñanza. Es que a eso vinimos.
Doy gracias especiales a mis escuchas eternas de llantos y crisis que me sostuvieron en vigilia alegre, comprensiva y dispuesta. Ellas saben. Y las adoro por eso.

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