“El artista es el creador de cosas bellas.
Revelar el arte y ocultar al artista: tal es el objeto del arte.”
Oscar Wilde.
Rompiendo su etérea virginidad. Manchando su pureza más límpida.
Resquebrajando el límite de lo imaginable.
Congela los latidos y no reprime los impulsos. Se vuelve uno con la obra. Cada sentido conectado entrelazando cuerpo y alma.
Tan solo lienzo, la nada expectante, brillante y sensual. Lo obliga a deslizarse del mundo de los
pensamientos para sumergirse en lo absolutamente pasional del sentimiento.
No hay sonido más que la trémula respiración desesperada y agonizante.
El artista muere en cada obra, y revive en cada musa, en cada dolor, en cada amor y en cada
inspiración.
El sinsentido de los colores, esas inútiles acuarelas recobran vida casi divina ilustrando cada rincón de tu alma incomprendida.
El cuerpo todo respira, exultante se ruboriza. Has desatado el tormentoso ímpetu que te vuelve mas humano.
¿Qué es el tiempo cuando dos amantes se declaran sumidos a la complacencia de ser uno? Puros
convencionalismos absurdos.
El artista y su obra.
Descansa agobiado, porque ha agonizado de amor en cada pincelada.
Descansa tranquilo, porque no hay tiempo ni espacio que los separe.
Descansa porque será uno para toda la eternidad con su obra.
El pulso aletargado de la cotidianeidad se acelera y casi fulmina las venas por donde corre tu sangre.
Quisieras el aniquilamiento con solo pensar la prohibición de ser artista de tus propias pasiones. Elevarías plegarias suplicantes para no perder ese momento de conexión íntima con lo más sublime del hombre.
Devendrá la gloria, la fama, los halagos y las banalidades.
Y allí estará él, expectante, desahuciado, casi agonizante.
Esperando, otro ataque de pasión, otra musa, otra idea, otra belleza.
Y allí estará el hombre esperando ser otra vez el Artista.
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