martes, 20 de agosto de 2013

Cireneo

Despiertas hombre.

La madre de tus hijos duerme. 
 Duerme placida sumergida en un sueño elegante y casi imperceptible. Despiertas y hace tanto calor.  Calor desierto. Hay sabor sulfurado en el aire.  Esta ciudad tumultuosa ha perdido el silencio ya.  El bullicio es moneda corriente. ¿No sería mejor cambiar de aire?  Sumergido en la idea, la pequeña te tironea. ¡Ha dicho arriba! Y es incorregible. Arriba será. ¿Porqué tanta inquietud jovencita?
Otro espectáculo vienen a darnos los hombres del imperio. Otro dolor. Otra justicia. Enjugo mi rostro agrietado por la edad y esta Palestina cruda que escribe sobre la piel las letras de su aridez. 
Voy simple, voy color arena. Me mimetizo entre la muchedumbre exasperada  Están cerca nuestro y la niña se me escapa entre las mujeres desconsoladas. 
Y ahí te veo. Veo tu naturaleza sufriente. Veo tu sangre. Y veo tu castigo.  
Mis ojos no ven otro hombre mas que eso. Veo un ladrón, veo un agitador del orden, veo un blasfemo. 
Y ellos me ven a mi. 
Y me obligan. 
Orden estricta. ¿Yo? ¿Ayudar a un enemigo de Roma? Ingenuo me opongo. ¡Que me importás a mi Roma!!  ¿Yo? ¿Manchar mis ropas con el sudor de este desconocido? ¿Llevar su propio patíbulo sobre mi inocente humanidad? 
Pero la niña me mira. 

Hombro a hombro. El tuyo es tanto mas fuerte y joven y asimismo parece tan doloroso. Nos elevamos. 
Y veo toda tu figura erguida a mi lado. Mi enojada vista ya no ve, mis ojos encuentran. Los tuyos. Y ahí ya no te veo. Te encuentro. Te encuentro hombre y te encuentro mi Dios. Pagando mi soberbia. 
Coronado con sagaces espinas. Doliente, insultado, injuriado. Y me atrevo, o me quiero atrever a decir algo. La voz no responde. Y al solo encuentro con tu mirada toda misericordia me ahoga. 
Y te veo generoso compartiendo tu madero con este incrédulo. Y camino, no atrás, no delante, a tu lado nazareno. 
Extiendes tus manos agrietadas sobre mi espalda y me abrazas. Abrazo amigo. Sos el consuelo. Camino a la muerte, sos paradojicamente mi consuelo. 

Aquel Gólgota no supo de grandezas mas grandes. Aquella tierra no recibió mas preciosa sangre que la derramada por el crucificado. Y aquel Simón no supo de amor mas magnifico ni de generosidad mas perfecta. 

Despierta mujer. Insisto. Hoy he encontrado a Nuestro Señor.

domingo, 18 de agosto de 2013

polvo eres, y en polvo te convertirás

¿Quién no echa una mirada al sol cuando atardece?
¿Quién quita sus ojos del cometa cuando estalla?
¿Quién no presta oídos a una campana cuando por algún hecho tañe?
¿Quién puede desoír esa campana cuya música lo traslada fuera de este mundo?

Ningún hombre es una isla entera por sí mismo.
Cada hombre es una pieza del continente, una parte del todo.
Si el mar se lleva una porción de tierra, toda Europa queda disminuida, como si fuera un promontorio, o la casa de uno de tus amigos, o la tuya propia.
Ninguna persona es una isla; la muerte de cualquiera me afecta, porque me encuentro unido a toda la humanidad; por eso, nunca preguntes por quién doblan las campanas; doblan por ti.





Muere lentamente tu esperanza.
Muere marchitándose, padeciendo un crudo invierno.
Envejeces.
Te agrietas. Sabor a azufre y olor a funeral.
Segundos atrás fuiste gloria. Y honor.
Te traigo recuerdo, de noviembre, de amor y de verdad. Te recuerdo, como joven ilusión. Hago silencio. Y las bombas dejan de caer, y la muerte deja de jugar entre nosotros, y la paz libre salpica su olor sobre nosotros.
Te traigo recuerdo de patria. De espíritu lleno de ilusiones. De vanaglorias. De memoriales eternos que imaginé escribirían de mis hazañas.
Gran paradoja. Verticalidad de héroe y horizontalidad de santo.
Sos guerra. Sos vida, sos muerte, sos libertad.
Elevas al hombre a su condición de héroe. Escribís su nombre en glorioso epitafio, para ser recordado por jóvenes generaciones venideras. Por millares de patriotas que juran lealtad al mismo suelo que defendiste.
Disminuís.
Sos la razón de un suicidio de invierno, o el motivo por el cual tu vida recobra sentido.
Sos el valor, el honor, el sacrificio, la resignificación de la camaradería, la renuncia. Sos el nuevo sentido de los olores, de los amaneceres, de los rostros a quien dejaste en ceremoniosa despedida para cumplir tu deber. Sos el peso de la palabra deber. Sos el sentido más pleno de la palabra servicio.
Sos el rechazo, la deshonra, el desprecio y la espalda de un silencio magnifico. Sos los ausentes en el retorno a casa que quisiste que estuvieran. Y fueron ausencia. Sos el dolor que no podés expesar por falta de coraje. Sos el compañero muerto en la trinchera por tu error. O por el error ajeno. Sos el testimonio vivo de la omisión.
O de la misión.
Sos toda grandeza y toda miseria.


Ante mis ojos enrojecidos por el humo de la pólvora veo santos varones, veo héroes y veo también humanidad miserable arañando el suelo con las bajezas de su naturaleza.
Veo a mis camaradas dejar de serlo y abandonar su puesto.
Veo la soledad y veo a quien creía desconocido compartir su ración con este soldado que lo creyó poco leal.
Sos guerra. Sos justicia y soberanía. Dolor y grandeza.
Paradoja a veces incomprensible del misterio de la humanidad.
Hoy te pido patria mia, que a mi regreso, sea en cuerpo o en recuerdo; no eleves un epitafio por el éxito, sino te pido que me conserves en la memoria de quienes te soñaron grande y justa.
…todo muere, polvo eres, y en polvo te convertirás…
Más vale vivir siendo bien hombre; que queriendo ser el héroe de una historia de vencedores y vencidos.
Miseria humana eleva tus ojos hacia lo grande y vence las paradojas de la vida para volverte eco en la eternidad.