jueves, 7 de julio de 2016

León

Frágil balanceo se despierta ¡qué sueño! se hecha un bostezo.
Fibra capilar va extendiendo sus tentáculos. Suaves y blancos.
Emprolija su cabellera; es que ese tibio balanceo se transformó en viento. Leve brisa pero suspiro al fin. -ojalá sea sólo eso- piensa. Suave nomás.
El campo donde habita la fiera también está poblado de diminutas florecitas amarillas que se salpican con descontrol. Sin orden, son simpático caos floral.
Caos que da la sensación de orden. Están donde deben estar y generan suavidad. Pomposa manta amarilla color sol. Invita a siesta. ese dulce sueño de sol de otoño que deja tu corporeidad marcada en el prado.
Y las aplasta.
Pero amanece. No es siesta y para eso hay que despertar a la fiera.
El rey extiende sin problemas su melena. la enarbola y la sacude hasta quedar en redonda circunferencia. Cual corona peluda lo conforma. Y lo hace único.
Disponible a desplegar toda su belleza celestial sobre el campo verde.
Pequeño blanco rey.
casi que encierra un juego milenario entre sus dientes. Ese cosquilleo que acompaña el viento. Inhala. Exhala.
Esa vida fugaz que rodea a la realeza entre risas infantiles.
Muchos sólo lo contemplan. Admiran sus dientes, su corona de cristal. Su perfecta redondez.
Otros prefieren salpicar el cielo con su belleza.
Belleza perenne que muere y perece...para luego volver a nacer.
Viento enojado. Soplido de la naturaleza se embronca y arranca de raiz al pobrecito león que se balancea con gracia y destreza.
Y ahí salpicando su vida va muriendo en el cielo que se lo lleva con avidez.
Y allí va rompiendo el firmamento celeste.
Allí muere el león. Perdió sus dientes.
Allí se termina la gracia de la que sólo queda un botón.
Allí el viento desarmó a un dientes de león.

martes, 5 de julio de 2016

Condimentando

Saborizar, sazonar, darle vida, realzar el sabor; ser ese gusto para que no sepa insípido. Color, cuerpo, armonía.
Sal Salando y exaltando sabores.
Poniendo en su lugar cada nota de color. Especia deseada y codiciada. Ambición de los hombres.
Sal de la tierra y luz del mundo.
Saborizar sazonar. Hacer doler.
Va escurriéndose a carne viva, exaltando ese pesar punzante que estaba callado. A propósito silenciado, tapado, vendado. Puesto a oscuras de tu sabor a sal.
Yaga dolorosa profunda y sombría. Escondida. Pero la sal siente y la busca. Se esparce en el cielo granos de cristal, como vidrios calan, roen, lastiman lo lastimado.
No hay bálsamo. Suave consuelo. Fría nieve al calor del dolor.
Sal que da luz. Pone en luminosidad toda tu miseria. Saboriza tu herida, Sazona tu lastimosa humanidad.
Se arrastra suave, lo bordea, hace que te estremezcas. Temblor y espasmo penoso. Y Sangra. Borbotones llenos de cristal.
Te rodea ese océano espumoso, bordea la zona. Y la cubre para sacarla fuera de sí. Pus, peste.
Sal regodeándose de esa herida no sana más. Es que tu dolor es su vivacidad. Su razón de ser. Su dicha.
Ese adiós ácido. Alimonado y agrio. Suspiro de tu alma. Aguja interna. Sangrado intestinal.
Vigorosa corre a su encuentro. Sazón que busca aprehender el dolor y dejarlo ahí inerte autoconsumiéndose y cubriendo de costra dolor lo sano que lo rodea.
Llanto que empezó en tibia lagrima. Se desliza inocente hasta que el sabor sabe a sal. Llanto sin fin. Llanto sabroso, sazonado, condimentado.
Al fin la cáscara ya se ha hecho. De vez en cuando esa mirada. Esa ausencia, ese vacío ese no gesto que pudo ser, confirman tu humanidad. Y la sal. Penetra, se entromete curiosa e instintiva, con arte milenaria, se salpica bien profundo.
Es que el tiempo no cura. Solo pide más sal.