Saborizar, sazonar, darle vida, realzar el sabor; ser ese gusto para que no sepa insípido. Color, cuerpo, armonía.
Sal Salando y exaltando sabores.
Poniendo en su lugar cada nota de color. Especia deseada y codiciada. Ambición de los hombres.
Sal de la tierra y luz del mundo.
Saborizar sazonar. Hacer doler.
Va escurriéndose a carne viva, exaltando ese pesar punzante que estaba callado. A propósito silenciado, tapado, vendado. Puesto a oscuras de tu sabor a sal.
Yaga dolorosa profunda y sombría. Escondida. Pero la sal siente y la busca. Se esparce en el cielo granos de cristal, como vidrios calan, roen, lastiman lo lastimado.
No hay bálsamo. Suave consuelo. Fría nieve al calor del dolor.
Sal que da luz. Pone en luminosidad toda tu miseria. Saboriza tu herida, Sazona tu lastimosa humanidad.
Se arrastra suave, lo bordea, hace que te estremezcas. Temblor y espasmo penoso. Y Sangra. Borbotones llenos de cristal.
Te rodea ese océano espumoso, bordea la zona. Y la cubre para sacarla fuera de sí. Pus, peste.
Sal regodeándose de esa herida no sana más. Es que tu dolor es su vivacidad. Su razón de ser. Su dicha.
Ese adiós ácido. Alimonado y agrio. Suspiro de tu alma. Aguja interna. Sangrado intestinal.
Vigorosa corre a su encuentro. Sazón que busca aprehender el dolor y dejarlo ahí inerte autoconsumiéndose y cubriendo de costra dolor lo sano que lo rodea.
Llanto que empezó en tibia lagrima. Se desliza inocente hasta que el sabor sabe a sal. Llanto sin fin. Llanto sabroso, sazonado, condimentado.
Al fin la cáscara ya se ha hecho. De vez en cuando esa mirada. Esa ausencia, ese vacío ese no gesto que pudo ser, confirman tu humanidad. Y la sal. Penetra, se entromete curiosa e instintiva, con arte milenaria, se salpica bien profundo.
Es que el tiempo no cura. Solo pide más sal.
Sal Salando y exaltando sabores.
Poniendo en su lugar cada nota de color. Especia deseada y codiciada. Ambición de los hombres.
Sal de la tierra y luz del mundo.
Saborizar sazonar. Hacer doler.
Va escurriéndose a carne viva, exaltando ese pesar punzante que estaba callado. A propósito silenciado, tapado, vendado. Puesto a oscuras de tu sabor a sal.
Yaga dolorosa profunda y sombría. Escondida. Pero la sal siente y la busca. Se esparce en el cielo granos de cristal, como vidrios calan, roen, lastiman lo lastimado.
No hay bálsamo. Suave consuelo. Fría nieve al calor del dolor.
Sal que da luz. Pone en luminosidad toda tu miseria. Saboriza tu herida, Sazona tu lastimosa humanidad.
Se arrastra suave, lo bordea, hace que te estremezcas. Temblor y espasmo penoso. Y Sangra. Borbotones llenos de cristal.
Te rodea ese océano espumoso, bordea la zona. Y la cubre para sacarla fuera de sí. Pus, peste.
Sal regodeándose de esa herida no sana más. Es que tu dolor es su vivacidad. Su razón de ser. Su dicha.
Ese adiós ácido. Alimonado y agrio. Suspiro de tu alma. Aguja interna. Sangrado intestinal.
Vigorosa corre a su encuentro. Sazón que busca aprehender el dolor y dejarlo ahí inerte autoconsumiéndose y cubriendo de costra dolor lo sano que lo rodea.
Llanto que empezó en tibia lagrima. Se desliza inocente hasta que el sabor sabe a sal. Llanto sin fin. Llanto sabroso, sazonado, condimentado.
Al fin la cáscara ya se ha hecho. De vez en cuando esa mirada. Esa ausencia, ese vacío ese no gesto que pudo ser, confirman tu humanidad. Y la sal. Penetra, se entromete curiosa e instintiva, con arte milenaria, se salpica bien profundo.
Es que el tiempo no cura. Solo pide más sal.
No hay comentarios:
Publicar un comentario