Frágil balanceo se despierta ¡qué sueño! se hecha un bostezo.
Fibra capilar va extendiendo sus tentáculos. Suaves y blancos.
Emprolija su cabellera; es que ese tibio balanceo se transformó en viento. Leve brisa pero suspiro al fin. -ojalá sea sólo eso- piensa. Suave nomás.
El campo donde habita la fiera también está poblado de diminutas florecitas amarillas que se salpican con descontrol. Sin orden, son simpático caos floral.
Caos que da la sensación de orden. Están donde deben estar y generan suavidad. Pomposa manta amarilla color sol. Invita a siesta. ese dulce sueño de sol de otoño que deja tu corporeidad marcada en el prado.
Y las aplasta.
Pero amanece. No es siesta y para eso hay que despertar a la fiera.
El rey extiende sin problemas su melena. la enarbola y la sacude hasta quedar en redonda circunferencia. Cual corona peluda lo conforma. Y lo hace único.
Disponible a desplegar toda su belleza celestial sobre el campo verde.
Pequeño blanco rey.
casi que encierra un juego milenario entre sus dientes. Ese cosquilleo que acompaña el viento. Inhala. Exhala.
Esa vida fugaz que rodea a la realeza entre risas infantiles.
Muchos sólo lo contemplan. Admiran sus dientes, su corona de cristal. Su perfecta redondez.
Otros prefieren salpicar el cielo con su belleza.
Belleza perenne que muere y perece...para luego volver a nacer.
Viento enojado. Soplido de la naturaleza se embronca y arranca de raiz al pobrecito león que se balancea con gracia y destreza.
Y ahí salpicando su vida va muriendo en el cielo que se lo lleva con avidez.
Y allí va rompiendo el firmamento celeste.
Allí muere el león. Perdió sus dientes.
Allí se termina la gracia de la que sólo queda un botón.
Allí el viento desarmó a un dientes de león.
Fibra capilar va extendiendo sus tentáculos. Suaves y blancos.
Emprolija su cabellera; es que ese tibio balanceo se transformó en viento. Leve brisa pero suspiro al fin. -ojalá sea sólo eso- piensa. Suave nomás.
El campo donde habita la fiera también está poblado de diminutas florecitas amarillas que se salpican con descontrol. Sin orden, son simpático caos floral.
Caos que da la sensación de orden. Están donde deben estar y generan suavidad. Pomposa manta amarilla color sol. Invita a siesta. ese dulce sueño de sol de otoño que deja tu corporeidad marcada en el prado.
Y las aplasta.
Pero amanece. No es siesta y para eso hay que despertar a la fiera.
El rey extiende sin problemas su melena. la enarbola y la sacude hasta quedar en redonda circunferencia. Cual corona peluda lo conforma. Y lo hace único.
Disponible a desplegar toda su belleza celestial sobre el campo verde.
Pequeño blanco rey.
casi que encierra un juego milenario entre sus dientes. Ese cosquilleo que acompaña el viento. Inhala. Exhala.
Esa vida fugaz que rodea a la realeza entre risas infantiles.
Muchos sólo lo contemplan. Admiran sus dientes, su corona de cristal. Su perfecta redondez.
Otros prefieren salpicar el cielo con su belleza.
Belleza perenne que muere y perece...para luego volver a nacer.
Viento enojado. Soplido de la naturaleza se embronca y arranca de raiz al pobrecito león que se balancea con gracia y destreza.
Y ahí salpicando su vida va muriendo en el cielo que se lo lleva con avidez.
Y allí va rompiendo el firmamento celeste.
Allí muere el león. Perdió sus dientes.
Allí se termina la gracia de la que sólo queda un botón.
Allí el viento desarmó a un dientes de león.
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