No sos privilegio del día. Sos el
romance de la noche.
Superpoblando el cielo celeste, o la sombra
de un noviembre en la que soñaron los amantes que su amor iba a ser eterno. Y
les diste tu aliento.
Quisimos replicar tu esencia,
apoderarnos de tu encanto. La ciencia quiso recrear tu irradiación. Absurda idea
la del artificio del hombre, queriendo enfrascar tu magia entre vidrio
reciclable o su versión amigable con el medio ambiente.
Ni siquiera el antiquísimo fuego.
Calor, llama perenne. Similar quizás, sensual tal vez. Pero no llega a
enceguecer, no llega a ser ese meteoro de intensidad que sos vos simplemente
con existir.
En el final del camino allí marcando
el inicio de otra nueva vida y eternidad. Esa conexión con este mundo de tiempo
y espacio. Esa brillantez con la que se entienden los cuerpos celestes, o los
ángeles, lo sobrenatural que habita en tu naturaleza.
Los artistas te rinden tributos. Te cantan
odas de amor, anhelan que sus pinceles puedan reflejar al menos algo. Alguna partícula
de tu maravilloso ser.
A veces casi palpable, entre esas
espesuras de niebla, o entre esos pedacitos de espacio que flotan y juguetean
entre lo que vos misma reflejás. Como si pudiéramos tocarte.
Serenidad, seguridad, paz.
La sensualidad de atravesar los
recovecos de una persiana que encierra el amor.
La saciedad de un horizonte poniente
La energía de un día nuevo o de una
noche llena de historias escondidas por escribir.
Ese destello de odio, de pasión, de
tristeza, de pérdida o de esperanza que sabes dibujar en los ojos. Mirada estrellada
iluminada.
Esa aura que muchos juraron ver.
Esa luminosisdad que muchos
prefirieron no percibir por falta de inmensidad del alma.
Luz, lucesita de sol y luminosidad de
luna.
Luz.
Iluminando la vida. Lo eterno y lo
que aun está por nacer.
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