sábado, 21 de julio de 2018

Crónicas rotas XVI

Rindiéndole cultos amaneció a la vida.
Sabiéndose ofrenda.
Pensó su vida desde siempre con un horizonte de altar.
Se despertó algún frío agosto. Buscó desesperado el agua tibia de cada mañana y allí lo estaban esperando.
Un cortejo de sabias madres. Con aceites y comidas.
Maiz
Café
Coca
Chocolate
Frutos
Lo ataviaron con paciencia. Nunca antes había visto ropas más elegantes.
Se sintió un rey.
Iba decorado según él. Iba revestido de metales, transformado en un adorno viviente.
Así, metalizado, lo subieron a una cuna. Cuna llena de flores, maíz y más café.
Parecía un festival. Músicos, aires sonando y recortando el silencio de una mañana especial, una mañana elegida.
Le aburría que lo cargaran y decidió cerrar los ojos un rato y dejarse flotar. De vez en cuando, travieso los abría y miraba al cielo. Lo atravesaban cintas y flores, polvos, color.
Avistó a lo lejos a su máma que le clavó la mirada rasgada. Sus manos armaron un perfecto círculo sobre su pechera recubierta encerrando a inti y recordándole ese sol que él también poseía.
Entendió.
Lo envolvió el pánico y el terror.
Sabiéndose ofrenda.
Se supo ofrenda aquel frío agosto.
Ofrenda de maíz, café, coca chocolate y frutos.
Tata inti lo estaba esperando desde siempre. Lo envolvería.
Se lo devoraría entre sus fuegos y su máma lo lloraría a pesar de saberlo ofrenda desde siempre.
Descendió de su ofertorio y lo acompañaron entre gemidos hacia los pies del agujero de fuego. Debía subir.
Debía antes beber de aquel té del sueño y subir. Subir hacia su horizonte.
Le sonrió a quien era para él su único universo y emprendió la marcha.
Travieso niño inti escupió su bebida y desarmó su coraza de metal. Entre esos aires sulfurados se puso a pensar. Piensa niño sol. Piensa. Debía darse en ofrenda pero también debía volver al amor de su madre. Debía
Sabiéndose ofrenda desde siempre, arrojó los metales al sol. Su café, su maiz. Le cantó a Inti pidiéndole perdón.
Al instante, el misterioso sol se cubrió de tinieblas. Tenebroso y siniestro Inti rugió con fuerza escupiendo lluvia y un rayo soberbio atravesó al niño ofrenda.
El pueblo aterrorizado que aún danzaba a los pies del fuego huyó sin rumbo por miedo a la ofensa cometida.
La ira tormentosa duró lo que dura una estación de cielo celeste y de sol fuego.
Hasta que finalmente tata inti se reconcilió con los hombres y dispuso el universo natural en orden.
La madre del niño sol desolada y con el corazón en la mano, acudía al agujero volcánico día y noche.
Rogándole a la luna le devuelva a su niño estrella.
Rogándole al sol perdone a su rebelde ofrenda de amor.
Anciana iba aún día y noche.
Rogaba ajada la piel por su niño sol.
En lecho de camino hacia la paz eterna recibió la visita de un hombre moreno, tez arcilla, ojos de cristal.
Su sonrisa blanquecina la abrazó. La envolvió en el recuerdo de su hijo sol. Abatida esperaba suspirar desesperanza con el corazón agujereado a falta de la pieza de sol que la completaría.
En el silencio y la penumbra nigérrima, el moreno piel de arcilla sustrajo de sí la pieza redonda, atravesada por un rayo, regalo del tata inti que lo liberó hacia el encuentro eterno.
El sol contempló la ofrenda más magnífica. La madre en ofrenda por su hijo.
Contempló ese amor y aceptó esa ofrenda cotidiana.
Y el niño sol reunió sus piezas corazón con la madre tierra por siempre.

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