martes, 22 de enero de 2019

Crónicas rotas XXII

Aquel futuro incierto lo esperaba con la tensión propia de la ceguera. Se trataba de un espacio común que todos conocían, y en el que tarde o temprano todos caían. Todos se sumergían en aquel sinuoso trayecto.
Tal vez el no estaba hecho para ese fin. Sin embargo tenía las condiciones. Todas las virtudes estaban dadas.
Tomó posesión entonces del espacio que sentía que por natural le correspondía, y decidió dar el paso. El sí. Lanzarse al vacío, en caída libre vertiginosa y llena de peligros. Sintió la adrenalina correr por su porosa existencia.
Casi que un viento le robó algún que otro gramo.
Y cayó.
Se sumergió en ese nigérrima destino.
Licuado final.
Lo abrumó la desesperación de saber de qué se trataba.
Empezaron a surtir efecto rápidamente los dolores. El tedio, ese amor mezquino que no supo donarse más.
Se fue desarticulando con serenidad, las partículas de sí mismo iban disolviéndose en ese limbo de incertidumbre.
De a poco, su nítida y espumosa imagen fueron muriendo.

Aquel futuro incierto no era más que el presente.
De un terrón, de azúcar, disolviéndose en un café de lunes.

Cumpliendo su destino de dulzor concentrado.

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