Sumergido el espíritu en lo mortecino del aire que habita. Hace un tiempo que respira esos suspiros de muerte.
Porque verdaderamente muere el hombre en cada negación.
Como Pedro.
Porque tan poco sabemos darnos cuenta del Amor.
Tan superhombres soñamos que podemos ser.
Porque el automatismo de la falencia, de la caída, de la muerte a lo eterno; ya ni nos provoca un atisbo de arrepentimiento.
El hielo de lo sin vida tiñe de su verdor está versión del alma.
Y tañen las campanas. Retumba el corazón al llamado de effetá. Ábrete. Despierta.
La razón astuta llama a los sentidos. Trae a tu memoria el llamado imperativo del maestro. Talita kum.
Y el oído se conmueve. La gravedad ya no sirve.
¿Es acaso el cielo?
Es que lo es.
Cómo si los ángeles se hicieran visibles a tus ojos incrédulos. El aire se vuelve divino.
Se te anuda la garganta muerta y empieza el espíritu a despertar.
Balbuceo de perdón. Congoja. Consuelo.
El doctor angélico provee esas palabras que en diálogo con el Cristo lógicamente tu espíritu no sabe pronunciar.
Todas las imágenes se tiñen de una suerte de neblina de lo sagrado.
La mirada del amante amoroso. Del que no le quita la vista.
¿Qué otra cosa quisieran estos ojos contemplar más, que tú misterio de vida?
De vida eterna.
Y el corazón se dilata.
Recuerda nostálgico la paz de tu morada.
Se enoja y derrama su llanto desconsolado víctima de su mala voluntad.
Y comprende, muy poco, apenas. Puede sentir que lo que allí lo rodea es un misterio.
Que lo conmueve.
Que lo llena.
Que lo consuela.
La belleza indescriptible de saberse amado por el Amor.
Se interrumpe el tiempo.
Y esta escena se vuelve un romance entre quien ha dado todo y quien recibe todo.
Tal como el Misterio ya sabía, queda vuelto a la vida este espíritu antes muerto.
Y como el amante frente a su amor, queda el hombre extasiado.
Transformado en todas sus fibras porque lo ha atravesado el Misterio. O lo que apenas puede comprender de El.
Se ve sumergido en la fiesta grandiosa de tu alabanza y no le surgen más que palabras de amor.
De gloria.
Satisfecha el alma pues para amarte ha sido creada.
Pan de vida
Don divino
Fruto sublime
Árbol de la vida
Sumergido el espíritu en tu amor magnífico, renueva su existencia. Atravesado por la imagen del Cordero.
Celebra corazón, celebra.
El misterio de la nueva alianza que se nos regala, sin merecerlo.
Y nos conforta.
Infinitamente.
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