sábado, 31 de agosto de 2019

Crónicas rotas XXVI

El alba besaba su ventana y lo invitaba a salir. Sonriente de ojos achinados. Algunos, muchos, varios hilos plateados se atrevieron a vivir en su cabeza.
Enjuaga su rostro pesado de sueño. Y de sabiduría.
Esa vejez tan elocuente.
Quisiera saberlo todo.
Se le escurre un suspiro.
Escudriña entre el jugueteo de luz que vino a saludar.
La calidez de un agosto. La calidez del invierno que ya se va. Uno más.
Se ceba unos mates. Amargos. Dos tres.
Se siente sus manos, ásperas, ajadas, recorridas por tantos labores.
Manos alma.
Manos entusiasmo. Amor. Profesión.
Manos de aprendiz.
Manos sucias, teñidas del empeño de un quehacer.
Que las transformó en identidad.
Por qué el buen hombre, dejo de ser él. Dejo de usar la palabra para darse. Y sus manos obreras le han arrebatado la expresión. Se han vuelto la acción transformadora y expresión.
Sabias, eruditas de la vida misma.
Vórtice de los sentidos. Su único tacto era necesario para saber. Para saber todo. Y para resolverlo. Arreglarlo. Unirlo.
Para amarlo también.
Sonriente, ojos achinados, iba aletargado y despacio hacia su taller.
Iban empoderadas sus manos de profesional, iban ellas a desplegar su arte único y milenario de la compostura.
Iban a pasar cueros, gamuzas y lonas.
Iba su sonrisa conquistadora a componer lo pasos de los torpes transeúntes.
Se le escapaba otro día al maestro, esperando tal vez a que algún joven se atreva a heredar su sapiencia, su amor y su taller.

jueves, 29 de agosto de 2019

Crónicas rotas XXV

De los creadores de los mejores viajes en el fondo del 152.
O en el asiento arriba de la rueda.
O en el individual de adelante.
De esos viajes odiosos hasta que ella te invita toda risueña.
Del placer de sumergirse en un destiempo atemporal.
Glorioso viento, lluvia o trayecto que te llevó a semejante pausa.
Por momentos hay una suerte de conexión con la realidad. Pero por lo general es escapismo.
¿A dónde?
Hoy a Marruecos.
Ayer fue a las sierras.
Esperemos mañana sea la playa.
A veces sin tiempo sin espacio. Y sin sucesos pasados. A veces es un vuelo espiral al sueño. Al deseo, a la utopía.
Y porque siempre te encontrás musicalizado el paseo.
Gestionando ese universo paralelo que te hace llorar de la emoción porque es puro destiempo y sin espacio.
A veces te da vergüenza. Pero volves al escape. Se te huye el pensamiento. En realidad se te fuga el corazón.
El remedio a ese tedio y a esa locura. Santa sanación este ritual evasor.
Nadie ha sabido levantar más historias que la imaginación.
La imaginación al poder de todos los paseos evasivos en bici.
Y en tren
Y en avión
Y en colectivo.
Y en auto.
Bendita oportunidad de delirio. De vivir en fuga de una rutina que envejece.
De pasear entre las islas de la ilusión.
Se sonreírse por un mundo que no existe.
De fabricar puentes o de teletransportarse al perfume hermoso del jazmín.
Imaginación que recrea sus manos, las pecas que salen en verano y el olor a sal.
El sueño de lo compartido.
Imaginar que se miran como si entendieran todo.
Diseñar el océano de lo imposible y nadarlo  sin tiempo.
De los creadores de la revolución de los escapes. Y de los viajes que terminan porque sos un adulto responsable y mañana se trabaja.

jueves, 22 de agosto de 2019

Microrrelatos

Amanecieron gigantes
Desplegaron sus perezosos brazos enormes. Lentos fueron expandiendo su romance en clave de estación.
La mañana diáfana se dispuso a la charla diaria.
Titanes naturales.
Así inmensos toscos y bellos
Erguidos dispuestos caóticamente ordenados recortando el celeste cielo.
Preparados para entonar.
Cantar.
Para mecerse al viento que les señala el tempo.
Hipnosis musical.
Allá ellos, los gigantes árboles meciendo sus copas, ramas y melenas.
Cantan.
Suave melodía que sube al cielo.
No es el viento que los mueve esporádicamente y sinsentido. Es que ellos entonan himnos de alabanza al Creador.