martes, 25 de febrero de 2020

Microrrelato de una vida rosa

Es muy sencillo distinguirlo entre la multitud de transeúntes, solo es necesario agudizar la mirada. Escrutar entre los simples e insípidos caminantes. 
Se trata de un arte. Instintivo y aprendido porque bien puede resultar en un insano acumulamiento de escombros. 
Nadie quiere vivir en una marea de caos. Kosovo.
El límite, entre vivir explotado como si hubiera una bomba atómica o vivir imaginando, titanes de la reconstrucción; es muy y extremadamente delgado.
Y como ya dije, es un arte.
El arte de imaginar.
El arte de la ilusión.
El arte de la reconstrucción.
El arte del linyera moderno. Y no tanto.
Con ese ojo agudo, verás, es muy sencillo. 
En sus apariencias externas es prolijo, pulcro pero no enfatiza en estas cuestiones estéticas más que lo necesario. 
Lo importante es que su identidad más profundamente secreta no se devele aún.
Va el, con un paso aletargado, despreocupado, semiflotando y balanceando sus brazos en música de aburrimiento. Esconde, se camufla, camaleónicamente entre el paisaje urbano sin develar su auténtica identidad y sus planes más subterráneos.
Y sin que lo esperes, en un movimiento seco, rápido y furtivo el cazador de basura se lleva consigo los restos de la historia de alguien. Restos olvidados, sombríos y sin alma. Cadáveres de algún hogar que sucumbió frente al movimiento estéril de lo moderno. O que tal vez mutó. O renació.
En esa suerte de morgue porteña, el ha descubierto el amor. Y su velocidad creativa  encuentra en la carne desechada muebles, bibliotecas, estantes de historias nuevas. De hogares, de ilusiones.
Es muy sencillo ahora. Sólo hace falta reconocerlo. 
De ser así, no te atrevas a delatarlo.
En el ecosistema de lo rutinario, este personaje es vital. 
Da vida nueva a los escombros.
Es arquitecto de ilusiones nuevas.

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