viernes, 7 de febrero de 2020

Crónicas rotas XXXII

Ai. Tengo las manos transpiradas.
Me duele el cuello. Bueno. Relájate.
Ya se va a pasar. Esto siempre pasa. A veces en peores circunstancias y todo va a estar bien. No son tan imprudentes.
Leo. O me hago la que leo.
Consulto alguna cosa en internet. Me insta distraigo. Un poco.
Repasó los rituales. Está vez se ve que estaba desconcentrada, me olvidé hojitas de buen gramaje y los auriculares. 
Todos se agolpan frente al mostrador y a la pobre chica le tiemblan las pupilas y su sonrisa balbucea respuestas. Inútiles porque en realidad yo sé que dependemos de la creación. Siempre lo hacemos. Solo que hoy la madre natura dice 'otros tiempos'.
Todo gris. De repente retumba un estruendo seguido de un latigazo de luz al cielo. Ah sí. Se picó.
Todos hicimos silencio. Algún corazón se hizo hielo. Y alguna porción del lugar sufrió un pequeño infarto.
Titánico cielo, estaba ahí medio prepotente medio estallado de risa. Vení, mosca de lata, atrévete a cruzar.
Rituales de la tripulación. 
Rituales de mi corazón.
Le pusieron una espera interesante. Por qué la trama necesitaba un suspenso más.
La latita se mueve, se desliza, dobla, esa curvita famosa antes de poner todo en llamas y desafiar. Al Titán.
Yo contento un poco el aliento por qué la verdad es que no es la primera vez. Y es el único momento que tal vez algún músculo de mi cuerpo disfruta. 
Silencio.
Fuego.
Despegue.
Carnaval entre las nubes.
Se le cuelgan de las alas unas telarañas de algodón gris, pero la velocidad las desarma, el cielo se pone blanco impoluto y aparece de fondo una luz que se esfuerza por aparecer. Cómo si fuera un telón. O como si fuera un océano y la mosca metálica un diestro pez a contra corriente en busca del claro del sol.
Y eleva la trompa, las aletas se sacuden el agua nubosa y se despliega un espectáculo magnífico; entre los árboles que aún se ven,  los charcos de tormenta, algunas montañas imaginarias iluminadas por un febo que siempre estuvo ahí, medio dormido.
Y un celeste que realmente es sacado de un cuento de hadas.
El relato del vuelo es exactamente el habitual, turbulencias por el apuro low cost que apenas considera a los que trasladan, pues le hacen honor a su barato con lo de ágil.
Entre medio de tanto movimiento yo suelo preguntarme qué locuras a veces uno hace por amor.
Y bueno. Volar en medio de tormenta eléctrica ya está en mi lista, por si me faltaba.



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