miércoles, 15 de enero de 2020

crónicas rotas XXXI

Venía tambaleándose con el peso de su propia existencia en algún furgón del tren. Mitre. ramal Tigre.
Venía deshaciéndose de cansancio. Era enero pero esta humanidad le pesaba como lingotes de cemento. De cal.
Decidió seguir su instinto más primitivo de supervivencia y dejarse ir.
Cerró los ojos y hubo un silencio. Abrumador y consolador a la vez. 
Era ella misma, no representaba a nadie más. Era su olor, su carne, sus manos, su peso. Su alma.
Siguiendo esa palpitación le siguió el juego a las circunstancias. Tomó las riendas de este cuerpo suyo pero no real y se sentó. A charlar.
Verborragia sin tapujos. Lo que siempre le costó pero que ella lograba hacer nacer. No tuvo intenciones de evadir. La respuesta no fue “estoy cansada”. Fluía.
Se fue desarmando en el sentido más metafórico. Fue despojándose de sus armas. ¿para qué las necesitaba en ese mano a mano?
Sin pausas y respirando inmensas bocanadas de un oxígeno irreal hizo un silencio.
saboreó ese cafecito tan de una esquina rodeando la Plaza nueve de julio.
Sonrió con esa media sonrisa que suele hacerse eco en el pasado.
Se miraron y se encontró a sí misma desnuda, despojada, un poco rota. Bastante rota. Sonriendo.
Creyó escuchar alguna palabra. Creyó sentir su aliento. Se le mezcló con la voz eléctrica y vacía que anunciaba la estación Vicente López.
Automáticamente se puso de pie, se le borró la expresión. Vacío. El escenario iba corrompiéndose y caía ante las leyes de la gravedad en una grieta que nunca antes había estado ahí. Caían torpemente dejando tras de sí ni el rastro de su existencia. De nuevo hubo un silencio. Abrumador.
Apretó los ojos y sus pestañas se abrazaron.
Antes de romper el juego sintió que la envolvía con sus flacos brazos. Sintió que sin haberle dicho nada, sus ojos le habían dado lo que necesitaba. Hizo fuerza, con el alma y con el cuerpo. Contuvo la respiración, sus ojos se arrugaron más, la bici casi se le cae por querer detener el abrazo.
Abrió los ojos porque alguien le pidió permiso. Y ya estaba en Rivadavia.
Se acomodó para bajar. En posición mirando a la puerta, un poco al medio pero sin apuro, no iba a necesitar pedir permiso.
El sopor del tren le dio un escalofrío. Se acordó que era enero.
Antes de irse. Fugaz. se sonrió.



A veces, su falta de sueño le juega malas pasadas. 
O a veces tiene el privilegio de soñar despierta.
De soñar que se toman un café y charlan. De lo que charlan las madres con sus hijas.

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