domingo, 19 de julio de 2020

Microrrelato de Cuarentena

-Me sentí vibrar.
-¿acaso de miedo?
-no
-¿tenés frío? estaba bastante húmedo hoy. ¿o es que...estás enferma?
-no
-hambre, definitivamente. O pienso que tal vez es una de esas malas pasadas del cuerpo donde la presión, y la atmósfera...bueno vos sabés.
-no. Te repito una y mil veces. No. Sin embargo es cierto que mi cuerpo vibraba. Una música mental o del ambiente ya no me acuerdo bien.
-¿no te acordás? ¿y cómo sabes que vibrabas?
-ah. por la sensación. no, por el estado. Yo estuve ahí. Permanecí en vibración. Allí donde el pensamiento se hace hondo. Donde la oscuridad solo puede hablar de la luz, y donde el paraíso parece que fue dejando sus huellas.
-esa imaginación tuya....cualquiera diría qu..
-¿¡qué!?, ¿qué estoy loca? es que te digo. Vibraba. No había ruidos de avenida no, no había cielo, había un firmamento atigresado porque las nubes se estaban disipando, había velocidad, y vapor.
Y era una aventura sin viento pero con el corazón envuelto en un huracán. No había destino, te digo, pero era como si todos los destinos fueran posibles. Era como un paseo. De un turista que va rodando por los rincones de sus recuerdos y sonríe por que el elige la memoria los domingos. Como si el invierno no nos diera miedo, o melancolía.
-¿te drogás acaso?

-no. Sólo salí a andar en bici.
y me sentí vibrar.

jueves, 9 de julio de 2020

afortunado infortunio

Con esa suerte de los que sienten que el azar siempre se ríe.
Por que su suerte tiene nombre de Providencia.
El techo incierto se iba decolorando al olor de la lavandina. El techo se movía, mutaba mutante como sus ilusiones. Jugaban. La costumbre de tener algo sobre la cabeza les generaba hastío, y abrazados en el firmamento dibujaron un cielo, o una galaxia. Fueron satélites de su propio sol.
Se transformaba en noche cerrada, con un fogón. Y olor a eucalipto. Bastaba con encender el olor. Bastaba con viajar al verano entre arrayanes. Bastaba con quererlo.
En movimiento de arcoíris o de las nubes de Van Gogh.
Con esa fortuna. Su infortunio era que el mundo no veía su tesoro. Ah. Pero eran tan ricos.
Tanto que el oro los desbordaba y su casita de dos por dos por momentos era un palacio.
Y ellos la realeza.
La diadema de ella eran unas flores silvestres salidas de un paseo sabatino, y la corona de él era de ese papel metálico de librería multirubro.
Es que no hacía falta.
Levantaron laberintos en sus almas con el solo motivo de buscarse. De jugar al encuentro.
Disfrutaron del silencio del insomnio que los dejaba mirarse. O de los salones de baile que los convocaron a una salsita, o tal vez a un melódico ritmo de jazz. Quien sabe qué sonaría en las fiestas que celebraban en su diminuto living, disfrazados con sus propios encantos. Donde las joyas eran sus ojos y el perfume de su existencia los vestía de gala.
Desenterraron su propio carnaval y cosecharon su vid. Se saborearon de sólo vivir. Transformaron la desgracia en la aventura de una tempestad, capitanes de su navío. Capitanes tripulación y sirenas. Arribaron derruidos a buen puerto. Siempre había un puerto, por cada tormenta. Por cada marea alta.
Hicieron de la lluvia ofrenda.
Con esa suerte de envejecer brindando por saber sufrir.
Con la fortuna se saber creer.
Y amar. Se.

lunes, 6 de julio de 2020

Poesía Fallida III

de manera
caleidoscopio
a la luz de la hermana luna
o besada por el sol
de manera
que la llama de una vela
fugaz
proyectó 
lo sencillo
de un tiempo sin preocupación
de una selva
amazónica
en su hogar
o en el corazón de aquellos
que la llevaban 
de viaje
de manera
que cerrando los ojos
flotó
y floreció
de manera que cabía 
en sus ojos
todo.
lo tenía
sin tener
nada

de manera 
que se trata de cambiar
la manera
de ver
para contemplar