Con esa suerte de los que sienten que el azar siempre se ríe.
Por que su suerte tiene nombre de Providencia.
El techo incierto se iba decolorando al olor de la lavandina. El techo se movía, mutaba mutante como sus ilusiones. Jugaban. La costumbre de tener algo sobre la cabeza les generaba hastío, y abrazados en el firmamento dibujaron un cielo, o una galaxia. Fueron satélites de su propio sol.
Se transformaba en noche cerrada, con un fogón. Y olor a eucalipto. Bastaba con encender el olor. Bastaba con viajar al verano entre arrayanes. Bastaba con quererlo.
En movimiento de arcoíris o de las nubes de Van Gogh.
Con esa fortuna. Su infortunio era que el mundo no veía su tesoro. Ah. Pero eran tan ricos.
Tanto que el oro los desbordaba y su casita de dos por dos por momentos era un palacio.
Y ellos la realeza.
La diadema de ella eran unas flores silvestres salidas de un paseo sabatino, y la corona de él era de ese papel metálico de librería multirubro.
Es que no hacía falta.
Levantaron laberintos en sus almas con el solo motivo de buscarse. De jugar al encuentro.
Disfrutaron del silencio del insomnio que los dejaba mirarse. O de los salones de baile que los convocaron a una salsita, o tal vez a un melódico ritmo de jazz. Quien sabe qué sonaría en las fiestas que celebraban en su diminuto living, disfrazados con sus propios encantos. Donde las joyas eran sus ojos y el perfume de su existencia los vestía de gala.
Desenterraron su propio carnaval y cosecharon su vid. Se saborearon de sólo vivir. Transformaron la desgracia en la aventura de una tempestad, capitanes de su navío. Capitanes tripulación y sirenas. Arribaron derruidos a buen puerto. Siempre había un puerto, por cada tormenta. Por cada marea alta.
Hicieron de la lluvia ofrenda.
Con esa suerte de envejecer brindando por saber sufrir.
Con la fortuna se saber creer.
Y amar. Se.
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