Cómo el despertar de una mañana húmeda en esta ciudad. Acá y no en Londres. Digo, en el Reino Unido parece que la humedad es una moda. O es que en ella se retienen como gotas de cristal en suspenso, todos los rumores de una ciudada amante.
No veo bien.
Se me achican los ojos y las ojeras se trepan a mi visual.
No es el sol, no es un abrazo de luz en pleno agosto.
No veo bien.
Me dirijo con una velocidad calculada. La falta de visual me hace llevar un porte soberbio y altanero, el agudizar la vista se traduce en una mirada de desconfianza y obstinación.
Se va recreando una suerte de muro a mi paso.
No veo bien.
Es que no. Veo. Bien.
Arribo a la consulta y espero mientras ojeo con cuidado algunas letras y palabras. Sin querer se me escapan algunos gruñidos y espasmos corpóreos frente al insólito relato semanal que tengo entre mis manos.
No entiendo estos titulares de la gracia o la desgracia. Me limito a surtir mi ya frondosa imaginación con historietas personales.
Calculo y recalculo los proyectos y planes, y sumas y restas. Reviso mentalmente las posibilidades los hechos y múltiples resultados. Contemplo ilusoriamente el éxito. Y la ganancia.
Añado una suerte de drama, que lo hay. Existencial, es clarisimo.
Contemplo.
No veo bien.
Frunzo la cara toda ante el pedido de lea la fila de abajo.
Me arrugo.
El buen hombre gris se me aproxima o al menos eso deduzco y me extiende unos cristales, incómodos, fríos. Algo me aprietan.
Y la niebla fue sol.
Y la lista interminable se redujo a añicos haciendo mugre en mi propia imaginación.
Miopía intelectual emocional y espiritual.
Me recetaron perspectiva.
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