jueves, 30 de diciembre de 2021

Dorado sagrado

Desde que el aire habitaba la tierra, sus cabellera verde lima flotaba en el cielo. Majestad legendaria.
Parece, que desde que no hay tempestades, su primavera naturaleza se pasea por el firmamento.
Cuentan los juglares, pequeños bufones de fantasía, que se mueve, que baila, que interrumpe los espacios con su belleza.
Murmuran los incrédulos. Los niños le cantan.
La infancia sutil, suspicaz, sabe de lo sagrado. Los adultos no creen.
Dicen que la frialdad ciega de los ojos transeúntes le robaron la danza. No lo contemplaron, siquiera lo vieron. Se les escurrió la leyenda. 
Belleza legendaria. Fue muriendo, echando raíces, inmobil, estéril, corrompido por la ceguera.
Ah pero los niños.
Pupilas bailarinas arrebatados de fe, caminantes de ilusiones, elevaron sus ojos hacia donde no hay fin. Y se encontraron. Magnífico dorado fulgor. 
Le dedicaron una sonrisa, y el inclino sus mariposas flúor desparramando una suave caricia.
Son de oro susurraron las almitas.
Le hicieron una ronda, canturrearon alguna poesía y el árbol color del sol se encendió con el ritual.
Sacudido les regalo sus hojas. 
Son mariposas. Susurraron de nuevo.
Pero se tenían que ir. El tiempo del hombre.
Sumergido en el olvido, dorado y triste desafío su naturaleza muerta. Arranco sus raíces, se le cayeron algunas mariposas, pero su danza eléctrica lo puso en movimiento.
Murmuran los juglares que el Gingko Biloba es sagrado para quienes saben contemplarlo. Quienes se atreven a dejarse atravesar por el misterio del Creador.
Se comenta, entre los cuentos de abuelas, que el milenario árbol a veces se escapa a jugar con los niños, que le dieron vida, y se queda a veces dormido, para recordarnos lo eterno.

martes, 28 de diciembre de 2021

Autorrelato vol. VII

Tipo seis empieza la ceremonia. Yo no es que lo programe. Surge solo, me brota.
Me acuerdo de que mi sobrina de ojos redondos y rasgados a la vez, pidió un diario íntimo para navidad. Con llave dice. Con llave.
Y pensé que soy una suerte de diario auto parlante.
No tuve siquiera que hacer el esfuerzo.
Iba escupiendo un relato. Iba desbordada vomitando anécdotas mentales. Queriendo retener las metáforas, pero a su vez, riendo la risa silenciosa de mi imaginación. Frondoza. 
Me dejo llevar. El baile de la narración sólo puede indicar una cosa. 
...
Como a las 8:30 ¿eran? Si. Eran.
Solo que yo no era. Se me había escurrido el sueño y me pesaba el cuello. Capaz mi cabeza esta inflada de dramas y algunos se fueron arrastrando cual sanguijuelas hacia mis hombros, axila.
Que incomodo que te pese la cabeza.
Inicio un ritual nuevo. Pongo la almohada de lavandas a calentar. Yo odio el microondas. Pero, cual premonición de una amiga "es bueno para calentar almohadas de semillas" 
Llamamos la contractura.
Ya se mudará, o bien, anidara entre mi humanidad.
Así. Encaminada la sanación, me asomo al jardín. 
La pantera que tenemos por gato finalmente abandono su identidad portuaria. Su felpuda naturaleza se auto invito al árbol de magnolias, quiza para mirarlas de cerca, quiza para resultar un poema. Porque, más allá de que subí casi a la par al techo en un arrebato franciscano/sobreprotector de amor por mi gato, la escena era bellisima. 
Me quedé. A la contemplación del rebelde felino que me miraba burlón entre medio de las hojas abundantes de la magnífica magnolia del vecino. Digno del libro de la selva.
No hizo falta mucho esfuerzo. Volvió sarandenado su cola por un lateral vertiginoso. 
Quisiera que nunca se escape. Pero va a pasar.
...
Al cabo de la tarde fuimos y volvimos. Tomamos agua y debatimos internamente que nos pasó en casi tres meses.
Me jacte del ocio. Me puse excusas para leer.
Me detuve en el espejo. Eterno traidor.
Confabulamos planes para el verano.
Sacamos a relucir el arte cajoneado cual denuncia en tribunales. 
Cantamos. Cante, el gato solo hizo lo que mejor sabe hacer: compañía.
Ahi estuvimos. Ahí estoy. Errante conquistando cada rincón del posible hogar. 
Ahí vamos, sembrando sembrador distraído y desprolijo.
...

Desde acá, la luz no puede ser más cálida.
La casa se tiñe de miel.
De a ratos me acuerdo que sobrevivo. ¿O me confundo, y es que ya estoy viviendo?
Quizá el autorrelato de diario íntimo sin llave y sin hojas sean el vestigio de la vivencia.
O el registro. De que vivo.

miércoles, 15 de diciembre de 2021

crónicas rotas XXXVI

La vida es lo que pasa entre que: (vale leer por cada renglón)
Aprendo a dormir
Me hacen ruido las tripas. Me recuerdan que estoy viva. Que comer es el mismo trámite que dormir.
Sentis el latido furtivo detrás de una bajada en bici veloz, joven y muerta a la vez
Venis y te vas. O te escapas
Me autonarro la diaria. Y la noche.
Enciendo la cafetera y me acuerdo que no tiene su jarra.
Fidel sale al patio y se revuelca estirando su pelaje al cielo. A veces soleado. Otras veces bipolar.
Respiro y dejo que el zumbido romántico de las avejas que se engolosinan con las magnolias del vecino, se transforme en una amenaza serial.
Dejo de fruncir el ceño.
Que abris el portón y lo cerras.
Te animas a un libro nuevo.
El arte deja de ser una ilusión. Y tomas el lápiz de una buena y santa vez.
Te vas, te rompes toda y te recompones.  Para seguro volver a irte. O a romperte.
Se escapa titanicamente una mosca que al final muere en las garras de la pantera.
El jardín se vuelve selva, misterio y luz de luna. Y viene el jardinero a civilizar la barbarie.
Domingo de diálogo silencioso y plegaria. A domingo de reclamo y hastío. Circular.
Se acumulan las lágrimas y te duchas.
Prendes una vela y pedís socorro. Y das gracias.
Me salen lunares por el sol. Me corto el pelo, lo tiño, me aburrí.
El recuerdo, la risa con dolor de panza y la melancolía. 
Aprendes a hacerte entender con los ojos. 
Te sentis cautiva y te encontras de madrugada protegida por la luna y su abrazo. De él.
Cada 15 de mes. 
.
.
.
La vida es lo que pasa cuando me acuesto en la alfombra y fide se duerme en su vigilia.
Tanto, que me deja tocarle la panza.

viernes, 10 de diciembre de 2021

Redención

Agotada. Desahuciada. Desabrida.
Encendió una vela. Busco a ciegas como con desesperación. 
Los dedos se entremezclaron con el amargor que emanaba.
Pesada. Obesa de hastío. 
Susurrando mantras en esa bruma inmadura y caprichosa, se sintió viva.
Vibración visceral. 
Porque es en el seno del alma donde se siente la vida.
Liviana flotante trepando los versos. Atesorando metáforas.
Fue encendiendose al compás de un ritmo sagrado.
La belleza calma y arrolladora.
La sutileza del poeta.
El drama del amor.
Encendió eternas velas ese día.
Se dejó redimir por la poesía.