Parece, que desde que no hay tempestades, su primavera naturaleza se pasea por el firmamento.
Cuentan los juglares, pequeños bufones de fantasía, que se mueve, que baila, que interrumpe los espacios con su belleza.
Murmuran los incrédulos. Los niños le cantan.
La infancia sutil, suspicaz, sabe de lo sagrado. Los adultos no creen.
Dicen que la frialdad ciega de los ojos transeúntes le robaron la danza. No lo contemplaron, siquiera lo vieron. Se les escurrió la leyenda.
Belleza legendaria. Fue muriendo, echando raíces, inmobil, estéril, corrompido por la ceguera.
Ah pero los niños.
Pupilas bailarinas arrebatados de fe, caminantes de ilusiones, elevaron sus ojos hacia donde no hay fin. Y se encontraron. Magnífico dorado fulgor.
Le dedicaron una sonrisa, y el inclino sus mariposas flúor desparramando una suave caricia.
Son de oro susurraron las almitas.
Le hicieron una ronda, canturrearon alguna poesía y el árbol color del sol se encendió con el ritual.
Sacudido les regalo sus hojas.
Son mariposas. Susurraron de nuevo.
Pero se tenían que ir. El tiempo del hombre.
Sumergido en el olvido, dorado y triste desafío su naturaleza muerta. Arranco sus raíces, se le cayeron algunas mariposas, pero su danza eléctrica lo puso en movimiento.
Murmuran los juglares que el Gingko Biloba es sagrado para quienes saben contemplarlo. Quienes se atreven a dejarse atravesar por el misterio del Creador.
Se comenta, entre los cuentos de abuelas, que el milenario árbol a veces se escapa a jugar con los niños, que le dieron vida, y se queda a veces dormido, para recordarnos lo eterno.