Me acuerdo de que mi sobrina de ojos redondos y rasgados a la vez, pidió un diario íntimo para navidad. Con llave dice. Con llave.
Y pensé que soy una suerte de diario auto parlante.
No tuve siquiera que hacer el esfuerzo.
Iba escupiendo un relato. Iba desbordada vomitando anécdotas mentales. Queriendo retener las metáforas, pero a su vez, riendo la risa silenciosa de mi imaginación. Frondoza.
Me dejo llevar. El baile de la narración sólo puede indicar una cosa.
...
Como a las 8:30 ¿eran? Si. Eran.
Solo que yo no era. Se me había escurrido el sueño y me pesaba el cuello. Capaz mi cabeza esta inflada de dramas y algunos se fueron arrastrando cual sanguijuelas hacia mis hombros, axila.
Que incomodo que te pese la cabeza.
Inicio un ritual nuevo. Pongo la almohada de lavandas a calentar. Yo odio el microondas. Pero, cual premonición de una amiga "es bueno para calentar almohadas de semillas"
Llamamos la contractura.
Ya se mudará, o bien, anidara entre mi humanidad.
Así. Encaminada la sanación, me asomo al jardín.
La pantera que tenemos por gato finalmente abandono su identidad portuaria. Su felpuda naturaleza se auto invito al árbol de magnolias, quiza para mirarlas de cerca, quiza para resultar un poema. Porque, más allá de que subí casi a la par al techo en un arrebato franciscano/sobreprotector de amor por mi gato, la escena era bellisima.
Me quedé. A la contemplación del rebelde felino que me miraba burlón entre medio de las hojas abundantes de la magnífica magnolia del vecino. Digno del libro de la selva.
No hizo falta mucho esfuerzo. Volvió sarandenado su cola por un lateral vertiginoso.
Quisiera que nunca se escape. Pero va a pasar.
...
Al cabo de la tarde fuimos y volvimos. Tomamos agua y debatimos internamente que nos pasó en casi tres meses.
Me jacte del ocio. Me puse excusas para leer.
Me detuve en el espejo. Eterno traidor.
Confabulamos planes para el verano.
Sacamos a relucir el arte cajoneado cual denuncia en tribunales.
Cantamos. Cante, el gato solo hizo lo que mejor sabe hacer: compañía.
Ahi estuvimos. Ahí estoy. Errante conquistando cada rincón del posible hogar.
Ahí vamos, sembrando sembrador distraído y desprolijo.
...
Desde acá, la luz no puede ser más cálida.
La casa se tiñe de miel.
De a ratos me acuerdo que sobrevivo. ¿O me confundo, y es que ya estoy viviendo?
Quizá el autorrelato de diario íntimo sin llave y sin hojas sean el vestigio de la vivencia.
O el registro. De que vivo.
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