Se proyectaba en la penumbra esta relación naciente.
Ya no intentaba estar despierta. Estaba. Sabía que eran como las 6, no estaba sobreviviendo.
Estaba viviendo.
Una aventura.
Un misterio.
Lleno de luces y sombras.
Recordó que su ciencia era del tiempo. Y que aquel día era un día para viajar adentro. Que muchas veces deambulo noctámbula entre sus recuerdos y su ausencia.
Que hoy tenia que mirarse en este rol.
Vio su cuerpo frágil, lastimado. Ajeno.
Esperanzado, y desconocido.
Y se dio cuenta que el día se renovaba. Que su dolor se resignificaba como cada vez que miraba los cachetes suaves de su hijo.
La madurez que uno pretende se incendia frente a lo diminuto y poderoso de la creación frágil del niño.
Ni balbucea y es abrumadoramente elocuente.
Fue testigo del abrazo nido maternal más bello posible, hecho de barro especialmente para ella. Con la forma de todas sus fragilidades y con el aliento a sus ilusiones.
Habitó ese hogar. Consuelo, si, pero con vista al cielo.
Le susurro con valor que la vida era ese tránsito divertido y vertiginoso hacia lo alto.
En la misma penumbra de la sala de partos a, yo le susurre a Tarsicio que deseaba para el el corazón enorme de su patrono. Le pedí que no sea mezquino en el amor, que le sobre contemplación y amor a la Belleza.
Y se renovó la vida. Como suele hacer siempre el Misterio.
En las penumbras de mi orfandad, renovó el espíritu, nos dio vida nueva.
Ojalá seas testigo, bebito sol, del amor que yo tuve de mi madre.
Ojalá sea refugio y consuelo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario