Quizá sea algo obsceno escribir con crudeza sobre algo considerado ampliamente rosado.
Maleducado de mi parte que estreno un título que me queda inmenso y que admiro y contemplo de muchas de mis madres amigas. Ni hablar de lo desubicado que puede resultar a sabiendas de que sencillamente todo es intuición. Esfuerzo.
No hay polvo de hadas.
No hay romance.
Pero como mucho lo he deseado, y como se que es a veces una sombra en este viaje sin fin de la maternidad, me atrevo a decir lo que pienso en mis desprolijas noches de murciélago.
Es cuesta arriba. Es doloroso pero No debe doler.
Es absurdamente visceral. Yo he coparticipado en gestar cada partícula de mi hijo. Lo he nutrido. He vigilado con mucho cuidado que no le falte nada. Le pedí perdón por las muchas veces que llore cuando aún no nos conocíamos. Y me ocupe de soñar su presencia fuera de mi.
Puse todas mis fuerzas, físicas y emocionales. Nos dimos la mano y parimos. Al compás de tu intuición criatura frágil y a la vez tan sabia.
Usaste mi fuerza. Use tu fuerza. Y en un rapto que recuerdo de lo más salvaje que pude sentir, dimos a luz.
A luz en las penumbras llenas de ojos clínicos. A luz donde los ojos de su papá lo esperaban ansioso. A luz donde se ti por primera vez el peso de tu existencia fuera de mi.
Que misterio que todavía no logro revelar. Me faltan noches para eso.
Y ahí, pequeñito rebelde, gloton, intempestivo, imperativo y valiente. Ahí indefenso buscando su nido. Ojitos melancólicos, ciegos guiados por un olorcito a conocido, a hogar.
Y arrancó la marea. El tsunami. La revolución.
Porque pude y pudimos todo eso. Pero desde un lugar muy animal, no pude darle de comer a mi cría. Al menos no de inmediato.
No, ninguna lactancia es igual. Ni cuadra con este relato.
No, no es ejemplo de nada, ni siquiera está resuelto, ni tiene respuestas.
Es caótico, demandante, a veces polémico. Opinable para muchos. Es destructivo y a su vez edificante. Paciencia. Paciencia.
Es placer y armonía. Aunque arriba dije caos. Es desorden.
Destructivo de la persona, constructivo de la madre.
Generosa, ingrata.
Esa belleza escondida detrás de una entrega que es ardua.
Los ojitos almendra del bebé sol, a veces, se desordenan con su propia vida. A veces se enojan. A veces la madre se queda en silencio.
Una vez más desdibujada. Inexistente. Esperando el retorno del niño. Y esperando ser alguien alguna vez.
Y es que lo sos, solo sin famas. Sos para esa manito que juega. Que siente. Que seguro sabe que esta en su casa. (Solo que a veces se olvida distraído, siempre entre las 19 y las 20)
Te lo recordas entre lágrimas cuando pupudo se estira contento y plácido. Tanto que se le ve el acordeón de rollitos de su cuello.
Que difícil la tenes madre.
Que cuesta arriba a veces.
Que tragedia.
Que absurdamente hermoso, cuando en medio de el caos, es el niño tu refugio seguro. Son puertos ambos, el uno del otro.
En triada familiar.
Y de golpe, registras todas las escenas compartidas de intimidad.
No, no es un romance rosa. Es un poema. Con dolor, con tragedia, con fatalismo y con belleza, revelación, y tantísima generosidad.
Arduo.
Como todo aquello que tiene mucho de lo eterno.
Agradezco inmensamente a todas mis doulas en este viaje. Uno encuentra redes inquebrantables que te devuelven el aliento. Te consuelan y te enseñan.
Ahí donde no desapareces. Ahí es donde una se refugia.
No hay comentarios:
Publicar un comentario