viernes, 10 de marzo de 2023

Microrelato de luna, auto y ruta

Saludaba ella señorial. Duquesa astral.
Sonreía con sorna porque la noche se escapaba pero su dominio era eterno. Se despertaba este cielo rosado anunciando infatigable infierno en marzo.
Arrastraba los pies sabiendo del abandono. 
Había dejado al bebé sol bajo el arrullo paterno. Expectante de una nueva jornada. Expectante al descubrimiento de un nuevo continente.
¿Ella se aventuraba o es que no había opción?
Sin saberlo la había y su libertad elegía este desapego bipolar.
Ah pero aquel viaje solía ser transformador. Sumergido en un tiempo sin tiempo donde lo desconocido se vuelve familiar. 
En aquel cubículo tres puertas se despertaba la querencia de un mundo más sabio.
Se elevaban perezosas gigantes las sierras y el camino que era eterno al retorno, durante la ida, fugaz. 
Le faltaba ruta y le sobraba charla.
Era una suerte de romance donde se deja pendular la idea, hasta el próximo encuentro.
Entre las miles de cosas que ignoraba, no sabía (¿o si?) que aquel viaje era un regalo.
Donde todo es gracia, nada se merece, el buen Padre se había ocupado de hacer de este tiempo un susurro a su vocación. 
Al final, no todo era oscuro cuando la luna alunada la esperaba, y la ruta, y la charla.
Y la conquista del saber arduo y difícil. El más Bello de todos.

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