Iba explotada
Iba evaporandose en la gehena de un marzo infinito
Iba desprolija. A disgusto. Se sentía apretada.
Iba bípeda y deseando que el agua fresca la purifique y le devuelva algo.
Algo de si. Algo de su eclecticismo.
Pensaba en la pregunta de hoy. Pensaba que debería cambiar su status porque efectivamente hoy eso era ella.
La mamá del niño sol. De aquel risueño inti que se negaba insurrecto a dejarla.
Es que no se dejarían jamas.
Rezaba su mantra habitual.
Rezaba.
Elevaba historias mentales, de esas que siempre se autorelató de vuelta a casa.
Caminar esos casi dos kilómetros le resultaba como surfear el desierto de atacama.
Descalza.
Se le agolpaba el mal humor en el pecho en forma de gotas.
Quería abandonarlo todo. Pero a su vez sabía que se aburriría.
A veces, en la penumbra de la madrugada, hacia un esfuerzo por recordar como era la vida, no quería ser mala, ingrata. Pero por desgracia de a ratos se le escapaban esos borbotones de nostalgia. De sangre rioplatense.
Y se escapaba con su mente.
Hacia esa vida.
...
Eran las manos regordetas, rayitos de sol.
Eran esos gajitos de ojos, color del clima.
Sus gestos desprovistos de prurito, los besos de baba.
Era su música interior y el olor, el propio que ahora le pertenecía.
Era eso lo que le recordaba la vida.
La vuelta a casa.
El coraje y el cansancio.
Las palabras que se ahorraba llenas de enojo.
La soledad.
La angustia.
Sin saberlo le agradecía todos los días en el reencuentro. Y ella lo sentía agradecerle.
Y la noche caía, pero siempre salía el sol.
Inti se quedaba siempre con la última palabra.
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