lunes, 18 de septiembre de 2017

Crónicas rotas V

Se abre el espacio. Hay un universo que consideramos único. El imperio del espacio. Va naciendo el día, se va muriendo la noche. Se despiden las estrellas. Saludan y te salpican la cara deseándote suerte. Posan destellos de magia cósmica entre tus mejillas. Cosquilleo de vía láctea.
Abanicos de pestañas tus ojos se abren. Sonríen (porque algo que si saben hacer los ojos es sonreir) te sentís afortunado y lleno de suerte.
Tu mente ya no planea el dichoso encuentro, porque ya hubo muchos encuentros. Y desencuentros.
Hubo mucha sal. Y también hubo mucha risa y caramelos. Lo que sazona hoy, aún es un misterio.
Salís al sol, te deslizas entusiasmo hacia el punto de encuentro. Sabes qué hora exacta es y se te alegra cada fibra corpórea.
Frente a la puerta, al hueco, de la caverna se te escapa un suspiro. Un largo suspiro que desliza una mínima tristeza.
Pero aguante. Valor. Porque todavía crees que lo vale.
Todavía sentís que hay algo eternamente valioso.
Se siente el frío cavernícola. Desaparecen las pecas del sol.
Cómo rutina de amante cerrás los ojos, emulás una sonrisa forzada y gritas. Amor eterno.
Y esperás estrujando los ojos y sosteniendo la respiración.
Sucede que aunque aguantes. Aunque creas. Aunque reces, no hay respuesta.
Ni en la caverna oscura y gélida.
Sucede que no hay eco.
El eco de vos, te dejó con la proclamación de amor en un grito incendiario que no prendió.
No hubo eco.
Hubo frío.

Te clavaron el visto.

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