Se despierta laboriosa. La caracteriza su mesurada dedicación. Casi obstinada por cada partícula de su trabajo de construcción. Levantar obras de arte.
Va recolectando arduamente cada ínfimo detalle. Es muy cuidadosa. Almacena en su ordenado archivero cada luz, olor, sonido, música, alguna carcajada. Esos ojos también. Y esa sonrisa.
Arrugas tal vez. O simplemente un momento.
Cautelosa se adelanta y busca en su archivo mental. Reúne las condiciones. No es una improvisada. Analiza cada situación y despliega las variables, hipótesis de lo que pudiera pasar si ella entra en acción. Analiza los daños.
Se ocupa y preocupa de poner cada cosa en su lugar cuando siente que es el momento indicado, despliega su magia, se vuelve ágil, sabia.
A veces incluso más fuerte que la persona que la posee. Porque seamos sinceros, hay gente que se pelea con su propia memoria.
Suspicaz decide interrumpir esta monótona cotidianeidad. Aburgesamiento de las ideas. El calendario de enero la empodera. Se envalentona corajuda.
Empieza a tejer su maraña.
Rearma.
Reconstruye.
El rompecabezas de aquel jueves va tomando forma. El pasado en ese entonces un presente trunco.
El reloj marcando el enero porteño. La sensación de estar expectantes frente a una adrenalina que se desea pero se odia a la vez. Querer que pase. Algo.
De a poco su trabajo cobra formas muy claras y la persona va reviviendo.
La memoria hace su trabajo. Le da sentido a su existencia. Y vas reviviendo.
Ese helado que torpemente comiste. Esos minutos que te demoraste por cambiarte. Ese mismo lugar frío. Y la gente agolpada en la puerta de la habitación del segundo piso.
¿Por qué están afuera?
Su trabajo artesanal te pone en presente esos ojos caídos.
Ella se ocupa de reconstruir la mirada exacta del dolor.
Y de repente con la transparencia de lo vivido te acordás del exacto momento en el que hace nueve años te dijeron que ella no estaba y no iba a estar.
Y te rompiste un poco.
Y la memoria es tan increíblemente exacta que te volvés a romper un poco. Hoy, con el rompecabezas del ayer. Como un recuerdo constante, como un pasado inolvidable. Como un eterno recordatorio.
La memoria cumple su trabajo. Guarda sus carpetas. Recoje todo lo que desplegó para traer este día al presente.
Se despierta día tras día laboriosa.
Reconstruye el dolor.
Pero también sabia ella, te recuerda que te parecés, que a veces te reís igual, y que en esa despedida, de un viernes trastocado, le dijiste que te ibas a agarrar fuerte de su mano para que el cielo las reciba.
No hace falta trabajo de memoria.
Porque es la promesa de un corazón roto.
Que sabe donde está su consuelo.
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