En absoluto silencio. La mente en oscuridad total.
El corazón se balancea equilibrado simplemente late.
Todavía no ha madurado lo que realmente siente por este particular otro.
Ha decidido sepultar, enterrar, deformar todo lo que de este otro proviene.
Su olor. Su sonrisa. El peculiar gesto que hace con la nariz. La mirada ávida y luego vacía, claro. La satisfacción de su abrazo. La paz desu silencio.
Ha decidido su muerte en vida. Ha regado con sus lágrimas el pasto de su tumba y espera que nada florezca allí.
Hubiera deseado arrojar cal en ese hueco.
Este es su presente actual. La mente en un limbo de rutina y pensamientos. La nada.
Pero la humanidad. Extraordinaria rareza.
Se apersona el otro. Obnubila la mente en oscuridad total, y resucita.
Todo ese otro renace al presente. Sobrevive al subsuelo al que sus lágrimas lo sometieron.
Atraviesa esa espesa sepultura de orgullo.
En la plenitud de ésta revolucionaria resurrección, posee en sus manos el perdón. Su propia redención.
El avanza sobre el silencio. A ella se le desordenan los latidos.
El avanza sobre su propia tumba. A ella se le termina la respiración.
El avanza y pisotea su orgullo. Sonríe con esa sonrisa de seducción, de burla, de mentira.
Y rompió el silencio.
Iluminó la mente.
Resquebrajó el orgullo.
Se rompió el corazón.
Volvió muerto a su tumba por tan sólo no pedir perdón.
Y ella arrojó cal sobre su recuerdo.
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