martes, 30 de enero de 2018

Crónicas rotas VIII

Ella decidió empapar ese cartón sin vida con todo el romance contenido.
Decidió romper sus propios estereotipos arquetipos y tipos.
Salió llevándose el verano boreal puesto en sus cachetes. Sentía que el tiempo le pisoteaba los talones. Y corría como si no fuera a encontrar ninguna postal en toda la ciudad.
Buscó con sutileza. A ver, se trataba de un paso hacia el avismo. Existiendo la fría conexión virtual ella eligió desarmarse y tener el coraje de dejarlo por escrito en celulosa eterna.
Lo que su corazón le gritaba se iba a traducir en vigorosa tinta.
Se le cayeron las  palabras  en  el papel. Algo breve porque el modo no era su fuerte. Salivó la estampilla.
Busco la dirección.
Se sintió nerviosa y las m le salieron temblorosas y se equivocó escribiendo su propio nombre.
Sintió que perdió algún latido cuando la postal se deslizó desvergonzada por el buzón.

Flotaría algún tiempo y la sal corrompería su fineza.
La imagen quijotesca de Alcalá quedaría decolorada, los bordes ajados y alguna que otra letra perdería su fineza. Pero las palabras surcaban toda la postal, eran lo sepultado sacado a la luz en un impulso de romance único.

El tiempo y el silencio le tatuaron un gesto duro y frío. Ella había echado luz y ahora solo quería habitar en la tiniebla de la razon.

Cuando la circunstancia le dió un reencuentro tuvo ganas de preguntarle. Sintió una presión cardíaca que no la dejaba sonreír.

-Te mandé una postal...de viaje. Pero no dijiste nada.

-¿Una postal? Jamás recibí nada. Qué antigüedad igual, habiendo internet.
Me hubieras mandado un mensaje.

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