miércoles, 31 de enero de 2018

Crónicas rotas IX

En el amplio abanico de supersticiones, donde la ficción supera la realidad. Allí en ese limbo popular donde nacen los dichos y las obsesiones, los deseos tienen razón de ser.
Tratando de hilar cada una de estas situaciones donde los hombres ponen a merced de una vela, de un bichito, de una pestaña o de un arcoiris; me encontré con diversas circunstanciass. Prueba de la docilidad mental con la que viven los hombres.
Dando la primera puntada, observó con atención la risa nerviosa de este joven. Sin dudas lo social no era su fuerte por lo que el canto que ya de por si es incómodo, resultó inmensamente tenso.
Pero su rostro contraído de la emoción no podía dejar pasar este momento. Los planetas se alinearon, pensó. Nadie se va a atrever a romper la magia de este momento.
Yo lo imaginé con ese gesto atontado. Lo imaginé? No, era real.
Con poca sutileza entonces y desplegando su completa falta de habilidades sociales  el joven inspiró con fuerza y exhaló.
Arrugando sus grandes y verdes ojos como si la fuerza de apretar elevara más rápido y alto la plegaria.

Siguiendo prolija el camino de los deseos me encuentro con la peculiaridad de sostener una vaquita de San Antonio.
El juego que se genera es absolutamente apasionante.
Se la mira, si hay confianza se la pasan de brazo en brazo, se encorva el cuerpo y pronuncia frases con extraordinaria inocencia. Y casi que prepoteando al pequeño espécimen, se sopla para simular que ha tomado vuelo y los deseos se han ido en él. En el caso de que el soplido no funcione, se la tortura con excesos de pasaje entre dedo y dedo hasta que la pobre cae atontada y decide echar vuelo.

Avanzo agotada de tanta incredulidad e infantilismo hacia lo que realmente es una suerte de suicido a la madurez. Dedo y dedo sudoroso se unen. Ellas adolescentes y risueñas se aprietan los dedos entre sí con el complejo objetivo de quedarse con la pestaña. Alguna que otra vez han hecho trampa corriendo el dedo para quedarse con el premio, que no es otra cosa que el cumplimiento real e inmediato de su deseo.

Tanta aridez mental.

Finalmente, así como lluvia con sol se casa una bruja. Lluvia con sol arcoiris multicolor.
Color que en su final debiera guardar los tesoros más preciados por la humanidad.
El que encuentre el fin del arcoiris...

Frente a esta incongruencia mental tomo nota de lo importante.

Hay deseos. Vienen en promedio de a tres. Algunos valientes se la  juegan por solo uno
para capitalizar la fuerza del mundo de los deseos.
Hay imaginación. ¡Y si que la hay! (Decirle vaca de san Antonio...)
Hay magia. De la misma magia con la que uno mira un horizonte incierto y se anima a pedir deseos.

Me sonrió con severidad luego de estas breves conclusiones.

Y decido anudar el hilo con el que fui cosiendo estos insólitos destellos de esperanza, karma, providencia, destino, universo y demás estrellas.

Cierro el nudo.

Se apagaronas velas.
La vaquita de San Antonio se voló.
La pestaña no quedó en ningún dedo.
Y el arcoiris no tiene fin.



martes, 30 de enero de 2018

Crónicas rotas VIII

Ella decidió empapar ese cartón sin vida con todo el romance contenido.
Decidió romper sus propios estereotipos arquetipos y tipos.
Salió llevándose el verano boreal puesto en sus cachetes. Sentía que el tiempo le pisoteaba los talones. Y corría como si no fuera a encontrar ninguna postal en toda la ciudad.
Buscó con sutileza. A ver, se trataba de un paso hacia el avismo. Existiendo la fría conexión virtual ella eligió desarmarse y tener el coraje de dejarlo por escrito en celulosa eterna.
Lo que su corazón le gritaba se iba a traducir en vigorosa tinta.
Se le cayeron las  palabras  en  el papel. Algo breve porque el modo no era su fuerte. Salivó la estampilla.
Busco la dirección.
Se sintió nerviosa y las m le salieron temblorosas y se equivocó escribiendo su propio nombre.
Sintió que perdió algún latido cuando la postal se deslizó desvergonzada por el buzón.

Flotaría algún tiempo y la sal corrompería su fineza.
La imagen quijotesca de Alcalá quedaría decolorada, los bordes ajados y alguna que otra letra perdería su fineza. Pero las palabras surcaban toda la postal, eran lo sepultado sacado a la luz en un impulso de romance único.

El tiempo y el silencio le tatuaron un gesto duro y frío. Ella había echado luz y ahora solo quería habitar en la tiniebla de la razon.

Cuando la circunstancia le dió un reencuentro tuvo ganas de preguntarle. Sintió una presión cardíaca que no la dejaba sonreír.

-Te mandé una postal...de viaje. Pero no dijiste nada.

-¿Una postal? Jamás recibí nada. Qué antigüedad igual, habiendo internet.
Me hubieras mandado un mensaje.

domingo, 21 de enero de 2018

Crónicas rotas VII

En absoluto silencio. La mente en oscuridad total.
El corazón se balancea equilibrado simplemente late.
Todavía no ha madurado lo que realmente siente por este particular otro.
Ha decidido sepultar, enterrar, deformar todo lo que de este otro proviene.
Su olor. Su sonrisa. El peculiar gesto que hace con la nariz. La mirada ávida y luego vacía, claro. La satisfacción de su abrazo. La paz desu silencio.
Ha decidido su muerte en vida. Ha regado con sus lágrimas el pasto de su tumba y espera que nada florezca allí.
Hubiera deseado arrojar cal en ese hueco.
Este es su presente actual. La mente en un limbo de rutina y pensamientos. La nada.
Pero la humanidad. Extraordinaria rareza.
Se apersona el otro. Obnubila la mente en oscuridad total, y resucita.
Todo ese otro renace al presente. Sobrevive al subsuelo al que sus lágrimas lo sometieron.
Atraviesa esa espesa sepultura de orgullo.
En la plenitud de ésta revolucionaria resurrección, posee en sus manos el perdón. Su propia redención.
El avanza sobre el silencio. A ella se le desordenan los latidos.
El avanza sobre su propia tumba. A ella se le termina la respiración.
El avanza y pisotea su orgullo. Sonríe con esa sonrisa de seducción, de burla, de mentira.
Y rompió el silencio.
Iluminó la mente.
Resquebrajó el orgullo.

Se rompió el corazón.
Volvió muerto a su tumba por tan sólo no pedir perdón.

Y ella arrojó cal sobre su recuerdo.

lunes, 15 de enero de 2018

Crónicas rotas VI



Se despierta laboriosa. La caracteriza su mesurada dedicación. Casi obstinada por cada partícula de su trabajo de construcción. Levantar obras de arte.

Va recolectando arduamente cada ínfimo detalle. Es muy cuidadosa. Almacena en su ordenado archivero cada luz, olor, sonido, música, alguna carcajada. Esos ojos también. Y esa sonrisa.

Arrugas tal vez. O simplemente un momento.

Cautelosa se adelanta y busca en su archivo mental. Reúne las condiciones. No es una improvisada. Analiza cada situación y despliega las variables, hipótesis de lo que pudiera pasar si ella entra en acción. Analiza los daños.

Se ocupa y preocupa de poner cada cosa en su lugar cuando siente que es el momento indicado, despliega su magia, se vuelve ágil, sabia.

A veces incluso más fuerte que la persona que la posee. Porque seamos sinceros, hay gente que se pelea con su propia memoria.

Suspicaz decide interrumpir esta monótona cotidianeidad. Aburgesamiento de las ideas. El calendario de enero la empodera. Se envalentona corajuda.

Empieza a tejer su maraña.

Rearma.

Reconstruye.

El rompecabezas de aquel jueves va tomando forma. El pasado en ese entonces un presente trunco.

El reloj marcando el enero porteño. La sensación de estar expectantes frente a una adrenalina que se desea pero se odia a la vez. Querer que pase. Algo.

De a poco su trabajo cobra formas muy claras y la persona va reviviendo.

La memoria hace su trabajo. Le da sentido a su existencia. Y vas reviviendo.

 

Ese helado que torpemente comiste. Esos minutos que te demoraste por cambiarte. Ese mismo lugar frío. Y la gente agolpada en la puerta de la habitación del segundo piso.

¿Por qué están afuera?

Su trabajo artesanal te pone en presente esos ojos caídos.

Ella se ocupa de reconstruir la mirada exacta del dolor.

Y de repente con la transparencia de lo vivido te acordás del exacto momento en el que hace nueve años te dijeron que ella no estaba y no iba a estar.

Y te rompiste un poco.

Y la memoria es tan increíblemente exacta que te volvés a romper un poco. Hoy, con el rompecabezas del ayer. Como un recuerdo constante, como un pasado inolvidable. Como un eterno recordatorio.

La memoria cumple su trabajo. Guarda sus carpetas. Recoje todo lo que desplegó para traer este día al presente.

Se despierta día tras día laboriosa.

Reconstruye el dolor.

Pero también sabia ella, te recuerda que te parecés, que a veces te reís igual, y que en esa despedida, de un viernes trastocado, le dijiste que te ibas a agarrar fuerte de su mano para que el cielo las reciba.

 

No hace falta trabajo de memoria.

Porque es la promesa de un corazón roto.

Que sabe donde está su consuelo.