En el amplio abanico de supersticiones, donde la ficción supera la realidad. Allí en ese limbo popular donde nacen los dichos y las obsesiones, los deseos tienen razón de ser.
Tratando de hilar cada una de estas situaciones donde los hombres ponen a merced de una vela, de un bichito, de una pestaña o de un arcoiris; me encontré con diversas circunstanciass. Prueba de la docilidad mental con la que viven los hombres.
Dando la primera puntada, observó con atención la risa nerviosa de este joven. Sin dudas lo social no era su fuerte por lo que el canto que ya de por si es incómodo, resultó inmensamente tenso.
Pero su rostro contraído de la emoción no podía dejar pasar este momento. Los planetas se alinearon, pensó. Nadie se va a atrever a romper la magia de este momento.
Yo lo imaginé con ese gesto atontado. Lo imaginé? No, era real.
Con poca sutileza entonces y desplegando su completa falta de habilidades sociales el joven inspiró con fuerza y exhaló.
Arrugando sus grandes y verdes ojos como si la fuerza de apretar elevara más rápido y alto la plegaria.
Siguiendo prolija el camino de los deseos me encuentro con la peculiaridad de sostener una vaquita de San Antonio.
El juego que se genera es absolutamente apasionante.
Se la mira, si hay confianza se la pasan de brazo en brazo, se encorva el cuerpo y pronuncia frases con extraordinaria inocencia. Y casi que prepoteando al pequeño espécimen, se sopla para simular que ha tomado vuelo y los deseos se han ido en él. En el caso de que el soplido no funcione, se la tortura con excesos de pasaje entre dedo y dedo hasta que la pobre cae atontada y decide echar vuelo.
Avanzo agotada de tanta incredulidad e infantilismo hacia lo que realmente es una suerte de suicido a la madurez. Dedo y dedo sudoroso se unen. Ellas adolescentes y risueñas se aprietan los dedos entre sí con el complejo objetivo de quedarse con la pestaña. Alguna que otra vez han hecho trampa corriendo el dedo para quedarse con el premio, que no es otra cosa que el cumplimiento real e inmediato de su deseo.
Tanta aridez mental.
Finalmente, así como lluvia con sol se casa una bruja. Lluvia con sol arcoiris multicolor.
Color que en su final debiera guardar los tesoros más preciados por la humanidad.
El que encuentre el fin del arcoiris...
Frente a esta incongruencia mental tomo nota de lo importante.
Hay deseos. Vienen en promedio de a tres. Algunos valientes se la juegan por solo uno
para capitalizar la fuerza del mundo de los deseos.
Hay imaginación. ¡Y si que la hay! (Decirle vaca de san Antonio...)
Hay magia. De la misma magia con la que uno mira un horizonte incierto y se anima a pedir deseos.
Me sonrió con severidad luego de estas breves conclusiones.
Y decido anudar el hilo con el que fui cosiendo estos insólitos destellos de esperanza, karma, providencia, destino, universo y demás estrellas.
Cierro el nudo.
Se apagaronas velas.
La vaquita de San Antonio se voló.
La pestaña no quedó en ningún dedo.
Y el arcoiris no tiene fin.