miércoles, 7 de febrero de 2018

Crónicas rotas XII

[Lo que parece ficción se trata de un hecho real. Acaecido en el invierno 2017. Tengo testigos]

El agotamiento universal la poseía. Todo el cansancio del universo posible e imposible estaba sobre sus espaldas. La reina del malhumor. Del drama.
El movimiento casi sensual del tren la dejaba adormilada. Era su somnifero diario. Con sus pequeños movimientos espasticos se fue deslizando por el andén cual espectro. Arrastró sus zapatos invernales. Se llevó puestas las sonrisas de los que la cruzaban y aniquiló cualquier saludo que escapara de lo gestual y pretendiera irrumpir en su espacio personal con un típico beso al aire, choque de cachetes y emulación del movimiento labial.
Así, ella y su inquietante frialdad se frenaron frente a la columna que hace de paso necesario para entrar a las aulas.
Se paró guardián. Amenaza para cualquiera que quisiera desafiar su rudeza llegando tarde.

...

Fue allí donde se descuidó. Donde su postura perdió su tensión. Donde se rompió su cristalina burbuja de hiel.
Aquella simpleza, transparente, llena de confianza. Rompió su desconsuelo, su protección absurda e infantil. Aquella infante fue el cariño maduro que la salvó ese día.
La niñita desconocida hasta ese día de invierno, subió los inmensos escalones para su infima humanidad, sin miedo y sin mirar, la abrazó. Abrazó su fiereza. Abrazó a una total desconocida. Por confusión o por providencia.
Pequeña sanación se mantuvo firme. Sus bracitos enroscaron las rodillas gélidas de la desconocida hasta que su mamá rompió el ritual de salvación advirtiéndole que estaba abrazando a una extraña que no era su maestra.
La chiquita, sin soltarse, miró hacia arriba, se anaranjados sus cachetes y se fue hacia la mano de su mamá.
Se fue dichosa.
Su confusión fue victoria.

Vino a romper su rutina.
Vino a romper su invierno.

lunes, 5 de febrero de 2018

Crónicas rotas XI

[Lo que parece anecdótico y ficción es parte de un pasado lleno de risas]

Risueña era yo. Risueña y distraída. Hoy solo distraída.

Encanto de ángeles esos hoyitos que la vida se dignó a poner entremedio de mi sonrisa. Hoy sólo un defecto facial.
Iba yo entonces corona de rulos, flotando en una galaxia fabricada por mi propia cabeza.
Seguramente aquella playa de estacionamiento inmensa pudo ser un universo de planetas. Un abismo de nubes o simplemente el mar.
Corría yo, corrían mis hoyuelos y mi arratonado pelo marrón.
Me hervían los cachetes de aquel sol cordobés.
Me hervía la imaginación desesperada por madurar y ser inmensa.

Risueña de casi cuatro vueltas al sol.
Era yo de las que hacía chozas en el fondito de la ligustrina.
Era de esas que tenían miedo a la nigérrima noche cerrada y se pasaba a dormir con su ángel de la guarda. Hermano del medio sanador de sueños interrumpidos con su compañía.
Risueña de las que acusaba a otro para safar.

Era yo y mi reinado cordobés, de pileta, mosquitero y paseos en la plaza.

Salí despedida llena de ilusión, el viento me entrecerró los ojos, se me inflamó el corazón y el vestido se hizo globo.

Agitada el alma y las piernas llegué al único puerto al que quería llegar: tus manos de jazmín.

Agitada el alma y recuperadas las piernas percibí. Se me rompió el espíritu cuando percibí. Me sentí invadida.
Esa seguridad de caricia era otra.
No había manos de jazmín, ni de la sinfonía de tu risa. No había manos de polenta fea, ni de moños en la cabeza.

Me había equivocado de manos. Arrebatada de ira me di vuelta con los ojos hervidos de llanto y ahí estabas, detrás de mí. Expandida la sonrisa mamá manos de jazmín.
Se me reconstruyó el espíritu roto y me reí. De mí, de mi distracción, de agarrar manos ajenas con tanta liviandad.

Risueña era yo. De esas que daba la mano.
Era yo, de esas que solía dar la mano.


[“Pero sé muy bien lo que haré en ese caso: me echaré a volar contigo, que estarás en el cielo, ¿y cómo se las arreglará Dios para cogerme…? Tú me apretarás muy fuertemente entre tus brazos”. Y leí en sus ojos que estaba firmemente convencida de que Dios no podría hacerle nada mientras estuviese en brazos de su madre…]

domingo, 4 de febrero de 2018

Crónicas rotas X

Respiraba lento. Al compás de su propio latir. Corazón. Inhalación. Exhalación.

Los ojos caídos. Razgados por lo que vieron y ven pasar.

Tedio. Aburrimiento. Abulia.

Ya no suspiraba deseos ni siquiera defectos podía detectar.
Todo aquel movimiento, potencialidad y virtud pegados a un libreto diario. A un papel fabulosamente interpretado.

La rutina lo hacía respirar al compás de su propio aletargamiento.
No había llantos, ni risas, ni codicia, ni avaricia, ni ambición, ni dolor. No había pasión.

Respirando armonioso, componiendo su propio ritmo, al paso de la nada misma. Se golpeó el corazón. Se encontró desorientado, con miedo, perdido.
Se sintió conmovido. Se sintió.

Extraño no pudo reconocerse. Se ruborizaban los cachetes. La panza le dolia, sentía ansiedad, insomnio, mente poblada de imágenes, de esos ojos.

Armónica respiración era caos.
Sinfonía transformada en un carnaval de histeria.

Afiebrado de alma y cuerpo, exhausto, agotado y agobiado. Se sentía morir.

Dolosoro con su poca fuerza sintió la vitalidad. La dulzura emanada y generosamente compartida. Se sintió renacer.

Sintió el compás latiendo y respirando.
Sintió que sentía, que se sentía pleno.
Sintió que era invencible.

Sintió que iban de la mano y que el mundo era armoniosamente suyo.