domingo, 4 de febrero de 2018

Crónicas rotas X

Respiraba lento. Al compás de su propio latir. Corazón. Inhalación. Exhalación.

Los ojos caídos. Razgados por lo que vieron y ven pasar.

Tedio. Aburrimiento. Abulia.

Ya no suspiraba deseos ni siquiera defectos podía detectar.
Todo aquel movimiento, potencialidad y virtud pegados a un libreto diario. A un papel fabulosamente interpretado.

La rutina lo hacía respirar al compás de su propio aletargamiento.
No había llantos, ni risas, ni codicia, ni avaricia, ni ambición, ni dolor. No había pasión.

Respirando armonioso, componiendo su propio ritmo, al paso de la nada misma. Se golpeó el corazón. Se encontró desorientado, con miedo, perdido.
Se sintió conmovido. Se sintió.

Extraño no pudo reconocerse. Se ruborizaban los cachetes. La panza le dolia, sentía ansiedad, insomnio, mente poblada de imágenes, de esos ojos.

Armónica respiración era caos.
Sinfonía transformada en un carnaval de histeria.

Afiebrado de alma y cuerpo, exhausto, agotado y agobiado. Se sentía morir.

Dolosoro con su poca fuerza sintió la vitalidad. La dulzura emanada y generosamente compartida. Se sintió renacer.

Sintió el compás latiendo y respirando.
Sintió que sentía, que se sentía pleno.
Sintió que era invencible.

Sintió que iban de la mano y que el mundo era armoniosamente suyo.

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