[Lo que parece ficción se trata de un hecho real. Acaecido en el invierno 2017. Tengo testigos]
El agotamiento universal la poseía. Todo el cansancio del universo posible e imposible estaba sobre sus espaldas. La reina del malhumor. Del drama.
El movimiento casi sensual del tren la dejaba adormilada. Era su somnifero diario. Con sus pequeños movimientos espasticos se fue deslizando por el andén cual espectro. Arrastró sus zapatos invernales. Se llevó puestas las sonrisas de los que la cruzaban y aniquiló cualquier saludo que escapara de lo gestual y pretendiera irrumpir en su espacio personal con un típico beso al aire, choque de cachetes y emulación del movimiento labial.
Así, ella y su inquietante frialdad se frenaron frente a la columna que hace de paso necesario para entrar a las aulas.
Se paró guardián. Amenaza para cualquiera que quisiera desafiar su rudeza llegando tarde.
...
Fue allí donde se descuidó. Donde su postura perdió su tensión. Donde se rompió su cristalina burbuja de hiel.
Aquella simpleza, transparente, llena de confianza. Rompió su desconsuelo, su protección absurda e infantil. Aquella infante fue el cariño maduro que la salvó ese día.
La niñita desconocida hasta ese día de invierno, subió los inmensos escalones para su infima humanidad, sin miedo y sin mirar, la abrazó. Abrazó su fiereza. Abrazó a una total desconocida. Por confusión o por providencia.
Pequeña sanación se mantuvo firme. Sus bracitos enroscaron las rodillas gélidas de la desconocida hasta que su mamá rompió el ritual de salvación advirtiéndole que estaba abrazando a una extraña que no era su maestra.
La chiquita, sin soltarse, miró hacia arriba, se anaranjados sus cachetes y se fue hacia la mano de su mamá.
Se fue dichosa.
Su confusión fue victoria.
Vino a romper su rutina.
Vino a romper su invierno.
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